Las Cruzadas |
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PRIMERA CRUZADA
Primera Cruzada Primera Cruzada Parte de las Cruzadas Robert de Normandie at the Siege of Antioch 1097-1098.JPG Roberto II de Normandía lucha contra los musulmanes durante el Sitio de Antioquía (1097-1098). Fecha 1096 - 1099 Causas Control de Anatolia y del levante mediterráneo Lugar Oriente Próximo Resultado Victoria cristiana y control de los territorios en disputa. Beligerantes Entidades cristianas: Holy Roman Empire Arms-single head.svg Sacro Imperio Romano Germánico * Milano-Stemma 2.svg República de Génova * Blason Lorraine.svg Lotaringia * Armoiries Provence.svg Provenza France Ancient.svg Reino de Francia * Blason Blois Ancien.png Blois * Blason Courtenay.png Boulogne * Blason Nord-Pas-De-Calais.svg Flandes * Blason ville fr PuyVelay (HauteLoire).png Le Puy-en-Velay * Blason Vermandois.png Vermandois Reino de Inglaterra * Blason duche fr Normandie.svg Normandía Aragon-Sicily Arms.svg Ducado de Apulia * Blason sicile famille Hauteville.svg Tarento Imperio bizantino Armoiries Héthoumides.svg Reino de Cilicia Armas de Aragon.png Condado de Barcelona Entidades musulmanas: Dinastía Selyúcida Flag of Jihad.svg Danisméndidas Fatimid flag.svg Califato Fatimí Flag of Almohad Dynasty.svg Dinastía Almorávide Flag of Afghanistan pre-1901.svg Califato Abbasí Comandantes CoA civ ITA genova.png Guillermo Embriaco Blason Lorraine.svg Godofredo de Bouillón Armoiries Provence.svg Raimundo IV de Tolosa Blason Blois Ancien.png Estéfano II de Blois Blason Courtenay.png Balduino I de Jerusalén Blason Courtenay.png Eustaquio III de Bolonia Blason Nord-Pas-De-Calais.svg Roberto II de Flandes Blason ville fr PuyVelay (HauteLoire).png Ademar de Monteil Blason Vermandois.png Hugo I de Vermandois Blason duche fr Normandie.svg Roberto II de Normandía Blason sicile famille Hauteville.svg Bohemundo de Tarento Blason sicile famille Hauteville.svg Tancredo de Galilea Alejo I Comneno Tatikios Armas de Aragon.png Berenguer Ramón II Kilij Arslan I Yaghi-Siyan Kerbogha Duqaq Fakhr al-Mulk Radwan Flag of Jihad.svg Ghazi ibn Danishmend Fatimid flag.svg Iftikhar ad-Daula Fatimid flag.svg Al-Afdal Shahanshah Fuerzas en combate Cruzados: * 30.000 infantería[1] * 5000 de caballería[2] Bizantinos: * 2000 infantería[2] Indefinidas [ocultar] Primera Cruzada (1096 a 1099) Nicea – Dorilea – Antioquía – Jerusalén – Ascalón La Primera Cruzada inició el complejo fenómeno histórico de campañas militares, peregrinaciones armadas y expansión colonial en Oriente Próximo que convulsionó esta región durante los siglos XI y XIII y que es denominado por la historiografía como las Cruzadas. Aprovechando la llamada de auxilio del Emperador bizantino Alejo I Comneno, enfrentado con los turcos selyúcidas, el Papa Urbano II predicó en 1095 a los diferentes estados cristianos romanos de Europa Occidental la conquista de la llamada Tierra Santa. Al intento de Pedro el Ermitaño, siguió la movilización de un ejército organizado, inspirado por el ideal de la guerra santa y liderado por nobles principalmente provenientes del reino de Francia y del Sacro Imperio Germánico, que fue nutriéndose en su avance de caballeros, soldados y numerosa población, hasta transformarse en un fenómeno de migración masiva. Los cruzados penetraron en el llamado Sultanato de Rüm y avanzando hacia el sur, fueron apoderándose de diversas ciudades y rechazando las fuerzas enviadas en su contra por los gobernadores divididos en sus disputas internas, hasta que adentrándose en los territorios de la dinastía Fatimí, conquistaron en el 1099 la ciudad de Jerusalén. La Primera Cruzada supuso políticamente la constitución de los Estados Latinos de Oriente y la recuperación para el Imperio bizantino de algunos territorios, a la vez que significó un punto de inflexión en la historia de las relaciones entre las sociedades del área mediterránea, marcado por un periodo de expansión del poder del mundo occidental y por el uso del fanatismo religioso para la guerra. También permitieron aumentar el prestigio del papado, y el resurgir, tras la caída del Imperio romano, del comercio internacional y del incremento de los intercambios que favorecieron la revitalización económica y cultural del mundo medieval. Contenido [ocultar] * 1 Trasfondo histórico * 2 = o 2.1 Convocatoria e inicio de la Primera Cruzada. La cruzada de los pobres + 2.1.1 Concilio de Clermont + 2.1.2 La cruzada de los pobres # 2.1.2.1 La convocatoria # 2.1.2.2 El paso a través del Reino de Hungría # 2.1.2.3 Arribo a Asia Menor # 2.1.2.4 Persecución de los judíos o 2.2 La Primera Cruzada + 2.2.1 Cruzada de los barones + 2.2.2 Marcha hacia Jerusalén + 2.2.3 Asedio de Antioquía + 2.2.4 Asedio y conquista de Jerusalén + 2.2.5 Fin de la Cruzada + 2.2.6 La cruzada de 1101 y el establecimiento de un nuevo reino o 2.3 Participantes en la Primera Cruzada + 2.3.1 Peregrinación armada + 2.3.2 Popularidad de la cruzada + 2.3.3 Recompensas espirituales y terrenales o 2.4 Hechos posteriores o 2.5 Impacto de la Primera Cruzada en el arte y la literatura o 2.6 Las Cruzadas vistas por los árabes o 2.7 Véase también o 2.8 Referencias o 2.9 Fuentes + 2.9.1 Fuentes primarias + 2.9.2 Enlaces externos a fuentes primarias + 2.9.3 Fuentes secundarias + 2.9.4 Bibliografías completas o 2.10 Enlaces externos [editar] Trasfondo histórico Los orígenes de las Cruzadas en general, especialmente la Primera Cruzada, provienen de los acontecimientos más tempranos de la Edad Media. La consolidación del sistema feudal en Europa occidental tras la caída del Imperio carolingio, combinada con la relativa estabilidad de las fronteras europeas tras la cristianización de los vikingos y magiares, había supuesto el nacimiento de una nueva clase de guerreros (la caballería feudal) que se encontraban en continuas luchas internas, suscitadas por la violencia estructural inherente al propio sistema económico, social y político. Por otra parte, a comienzos del siglo VIII, el califato de los Omeyas había logrado conquistar de forma muy rápida Egipto y Siria de manos del cristiano Imperio bizantino, así como el norte de África. Las conquistas se habían extendido hasta la península Ibérica, acabando con el reino visigodo. Desde el mismo siglo VIII se pone freno en Occidente a esa expansión, con las batallas de Covadonga (722) y de Poitiers (732), y el establecimiento de los reinos cristianos del norte peninsular y del Imperio carolingio, en lo que supusieron los primeros esfuerzos cristianos por recapturar territorios perdidos frente a los musulmanes, y que se expresarían ideológicamente a partir del corpus cronístico astur-leonés en lo que más tarde se denominó Reconquista Española. A partir del siglo XII tuvo factores comunes con las cruzadas orientales (bulas papales, órdenes militares, presencia de cruzados europeos). El factor desencadenante más visible que contribuyó al cambio de la actitud occidental frente a los musulmanes de oriente ocurrió en el año 1009, cuando el califa fatimí Huséin al-Hakim Bi-Amrillah ordenó destruir la Iglesia del Santo Sepulcro. Otros reinos musulmanes que emergieron tras el colapso de los Omeya, como la dinastía aglabí, habían invadido Italia en el siglo IX. El estado que surgió en esa región, debilitado por las luchas dinásticas internas, se convirtió en una presa fácil para los normandos que capturaron Sicilia en 1091. Pisa, Génova y el Reino de Aragón comenzaron a luchar contra los reinos musulmanes en la búsqueda del control del mar Mediterráneo, ejemplos de lo cual podemos encontrar en la campaña Mahdia y en las batallas que tuvieron lugar en Mallorca y en Cerdeña. La idea de la Guerra Santa contra los musulmanes finalmente caló en la población y resultó una idea atractiva para los poderes tanto religiosos como seculares de la Edad Media europea, así como para el público en general. En parte, esta situación se vio favorecida por los éxitos militares de los reinos europeos en el Mediterráneo. A la vez, surgió una nueva concepción política que englobaba a la Cristiandad en su conjunto, lo cual suponía la unión de los distintos reinos cristianos por primera vez y bajo la guía espiritual del papado y la creación de un ejército cristiano que luchase contra los musulmanes. Muchas de las tierras islámicas habían sido anteriormente cristianas, y sobre todo aquellas que habían formado parte del Imperio romano tanto de oriente como de occidente: Siria, Egipto, el resto del Norte de África, Hispania, Chipre y Judea. Por último, la ciudad de Jerusalén, junto con el resto de tierras que la rodeaban y que incluían los lugares en los cuales Cristo había vivido y muerto, eran especialmente sagradas para los cristianos. En cualquier caso, es importante aclarar que la Primera Cruzada no supuso el primer caso de Guerra Santa entre cristianos y musulmanes inspirada por el papado. Ya durante el papado de Alejandro II, éste predicó la guerra contra el infiel musulmán en dos ocasiones. La primera ocasión fue durante la guerra de los normandos en su conquista de Sicilia, en 1061, y el segundo caso se enmarcó dentro de las guerras de la Reconquista española, en la batalla de Barbastro de 1064. En ambos casos el papa ofreció la Indulgencia a los cristianos que participaran.[3] En 1074, el papa Gregorio VII llamó a los milites Christi ("soldados de Cristo") para que fuesen en ayuda del Imperio bizantino. Éste había sufrido una dura derrota en la batalla de Mantzikert (1071) a manos de los turcos selyúcidas[4] que abrió las puertas de Anatolia a los turcos, que establecieron varios sultanatos en la península. La conquista de Anatolia había cerrado las rutas terrestres a los peregrinos que se dirigían a Jerusalén. Su llamada, si bien fue ampliamente ignorada e incluso recibió bastante oposición, junto con el gran número de peregrinos que viajaban a Tierra Santa durante el siglo XI, sirvió para enfocar gran parte de la atención de occidente en los acontecimientos de oriente.[5] Algunos monjes como Pedro de Amiens el Ermitaño o Walter el indigente, que se dedicaron a predicar los abusos musulmanes frente a los peregrinos que viajaban a Jerusalén y otros lugares sagrados de oriente, azuzaron todavía más el fuego de las cruzadas. Alejo Comneno, que ya había empleado anteriormente a mercenarios normandos y de otros países de occidente, escribió una carta al papa Urbano II, solicitándole su apoyo y el envío de nuevos mercenarios que lucharan por Bizancio contra los turcos. Finalmente sería el propio Urbano II quien extendió entre el público la primera idea de una Cruzada para capturar la Tierra Santa. Tras su famoso discurso, en el concilio de Clermont (1095), en el que predicó la Primera Cruzada, los nobles y el clero presente comenzaron a gritar las famosas palabras, Deus vult! (en latín, "¡Dios lo quiere!").[6] La predicación de Urbano II provocó un estallido de fervor religioso tanto en el pueblo llano como en la pequeña nobleza (no así en los reyes, que no participaron en esta primera expedición). === BOORGOS! [editar] = Mapa del Califato Omeya en el momento de su máxima extensión. Hacia el este, el vecino más cercano de la cristiandad occidental era la cristiandad oriental: el Imperio bizantino, un imperio cristiano que desde el Cisma de Oriente de 1054 había roto explícitamente sus vínculos con el Papa de Roma, cuya autoridad dejó de reconocerse (de hecho, nunca se había aceptado más que como la de un primum inter pares junto a los patriarcas). Sutiles diferencias dogmáticas (la cláusula filioque y la eucaristía acimita o procimita) permitieron definir la oposición entre la Iglesia Católica occidental y la Iglesia Ortodoxa oriental. Las últimas derrotas militares del Imperio bizantino frente a sus vecinos habían provocado una profunda inestabilidad que sólo se solucionaría con el ascenso al poder del general Alejo I Comneno como basileus (emperador). Bajo su reinado, el imperio estaba confinado en Europa y la costa oeste de Anatolia y se enfrentaba a muchos enemigos, con los normandos al oeste y los selyúcidas al este. Más hacia el este, Anatolia, Siria, Palestina y Egipto se encontraban bajo el control musulmán, aunque hasta cierto punto fragmentadas por cuestiones culturales en la época de la Primera Cruzada. Este hecho contribuyó al éxito de esta campaña. Anatolia y Siria se encontraban bajo el control de los selyúcidas suníes, que antiguamente habían formado un gran imperio, pero que en ese momento estaban divididos en estados más pequeños. El sultán Alp Arslan había derrotado al Imperio bizantino en la Batalla de Manzikert, en 1071, y había logrado incorporar gran parte de Anatolia al imperio.[4] Sin embargo, el imperio se dividió tras su muerte al año siguiente. Malik Shah I sucedió a Alp Arslan y continuaría reinando hasta 1092, periodo en el que el imperio selyúcida se enfrentaría a la rebelión interna. En el Sultanato de Rüm, en Anatolia, Malik Shah I sería sucedido por Kilij Arslan I, y en Siria por su hermano Tutush I, que murió en 1095. Los hijos de este último, Radwan y Duqaq, heredaron Alepo y Damasco respectivamente, dividiendo Siria todavía más entre distintos emires enfrentados entre ellos y enfrentados también con Kerbogha, el atabeg de Mosul.[7] Todos estos estados estaban más preocupados en mantener sus propios territorios y en controlar los de sus vecinos que en cooperar entre ellos para hacer frente a la amenaza cruzada. En otros lugares de lo que nominalmente era territorio selyúcida se había consolidado también la dinastía artúquida. En particular, esta nueva dinastía controlaba el noroeste de Siria y el norte de Mesopotamia, y también controló Jerusalén hasta 1098. Al este de Anatolia y al norte de Siria se fundó un nuevo estado, gobernado por la que se conocería como la dinastía de los danisméndidas por haber sido fundada por un mercenario selyúcida conocido como Danishmend. Los cruzados no llegaron a tener ningún contacto significativo con estos grupos hasta después de la Cruzada. Por último, también hay que tener en cuenta a los nizaríes, que por entonces estaban comenzando a tener cierta relevancia en los asuntos sirios.[8] Mientras que la región de Palestina estuvo bajo dominio persa y durante la primera época islamista, los peregrinos cristianos fueron, en general, tratados correctamente. Uno de los primeros gobernantes islámicos, el califa Umar ibn al-Jattab, permitía a los cristianos llevar a cabo todos sus rituales salvo cualquier tipo de celebración en público.[9] Sin embargo, a comienzos del siglo XI, el califa fatimí Huséin al-Hakim Bi-Amrillah comenzó a perseguir a los cristianos en Palestina, persecución que llevaría, en 1009, a la destrucción del templo más sagrado para ellos, la Iglesia del Santo Sepulcro. Más adelante suavizó las medidas contra los cristianos y, en lugar de perseguirles, creó un impuesto para todos los peregrinos de esa confesión que quisiesen entrar en Jerusalén. Sin embargo, lo peor estaba todavía por llegar: Un grupo de musulmanes turcos, los selyúcidas, muy poderosos, agresivos y fundamentalistas en cuanto a la interpretación y cumplimiento de los preceptos del Islam, comenzó su ascenso al poder. Los selyúcidas veían a los peregrinos cristianos como contaminadores de la fe, por lo que decidieron terminar con ellos. En ese momento comenzaron a surgir historias llenas de barbarie sobre el trato a los peregrinos, que fueron pasando de boca en boca hasta la cristiandad occidental. Estas historias, no obstante, en lugar de disuadir a los peregrinos, hicieron que el viaje a Tierra Santa se tiñese de un aura mucho más sagrada de la que ya tenía con anterioridad. Egipto y buena parte de Palestina se encontraban bajo el control del califato fatimí, de origen árabe y de la rama chií del Islam. Su imperio era significativamente más pequeño desde la llegada de los selyúcidas, y Alejo I llegó incluso a aconsejar a los cruzados que trabajasen conjuntamente con los fatimíes para enfrentarse a su enemigo común, los selyúcidas. Por entonces, el califato fatimí era gobernado por el califa al-Musta'li (aunque el poder real estaba en manos del visir al-Afdal Shahanshah), y tras haber perdido la ciudad de Jerusalén frente a los selyúcidas en 1076, la habían recapturado de manos de los artúquidas en 1098, cuando los cruzados ya estaban en marcha. Los fatimíes, en un principio, no consideraron a los cruzados como una amenaza, puesto que pensaron que habían sido enviados por los bizantinos, y que se contentarían con la captura de Siria, y dejarían Palestina tranquila. No enviaron un ejército contra los cruzados hasta que éstos no llegaron a Jerusalén.[8] [editar] Convocatoria e inicio de la Primera Cruzada. La cruzada de los pobres [editar] Concilio de Clermont Artículo principal: Concilio de Clermont El papa Urbano II en el Concilio de Clermont. Ilustración del Livre des Passages d'Outre-mer, de alrededor de 1490 (Biblioteca Nacional de Francia) En marzo de 1095, Alejo I envió mensajeros al Concilio de Piacenza para solicitar al papa Urbano II ayuda frente a los turcos. La solicitud del emperador se encontró con una respuesta favorable de Urbano, que esperaba reparar el Gran Cisma de Oriente y Occidente, que había ocurrido cuarenta años antes, y reunificar a la Iglesia bajo el mando del papado como "obispo jefe y prelado en todo el mundo" (según sus palabras en Clermont),[10] mediante la ayuda a las iglesias orientales en un momento de necesidad. Al Concilio de Piacenza, que permitió asentar la autoridad papal en Italia en un periodo de crisis, asistieron unos 3000 clérigos y aproximadamente 30.000 laicos, así como embajadores bizantinos que imploraban toda "la ayuda de la cristiandad contra los no creyentes". Habiendo asegurado su autoridad en Italia, el papa se encontraba libre para concentrarse en la preparación de la Cruzada que le habían pedido los embajadores orientales. Urbano también sabía que Italia no iba a ser la tierra que "se despertase a una explosión de entusiasmo religioso" a las convocatorias de un papa que, además, tenía un título discutido. Sus intenciones de persuadir "a muchos para prometer, mediante juramento, ayudar al emperador lo más fielmente posible y tan lejos como pudieran contra los paganos" no llegaron a muchos. La invitación a una cruzada masiva contra los turcos arribaría en forma de embajadas francesas e inglesas a las cortes de los reinos medievales más importantes: Francia, Inglaterra, Alemania y Hungría, donde el último no habría podido enlistarse en las primeras cruzadas por el luto que se guardaba tras la muerte del rey San Ladislao I de Hungría (1046-1095), que duraría cerca de tres años.[11] El Papa Urbano II eventualmente consideró a Ladislao I como un candidato apropiado para comandar la Primera Cruzada, puesto que el rey húngaro era ampliamente conocido por su porte caballeresco y sus luchas contra los invasores cumanos, sin embargo, éste falleció escasos meses antes de la primera cruzada mientras llevaba a cabo una campaña militar contra el reino de bohemia en 1095.[12] El anuncio formal sería en el Concilio de Clermont, que se reunió en el corazón de Francia el 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano pronunció un inspirado sermón frente a una gran audiencia de nobles y clérigos franceses. Hizo un llamamiento a su audiencia para que arrebatasen el control de Jerusalén de las manos de los musulmanes y, para enfatizar su llamamiento, explicó que Francia sufría sobrepoblación, y que la tierra de Canaán se encontraba a su disposición rebosante de leche y de miel. Habló de los problemas de la violencia entre los nobles y que la solución era girarse para ofrecer la espada al servicio de Dios: "Haced que los ladrones se vuelvan caballeros."[10] Habló de las recompensas tanto terrenales como espirituales, ofreciendo el perdón de los pecados a todo aquel que muriese en la misión divina. Urbano hizo esta promesa investido de la legitimidad espiritual que le daba el cargo papal, y la multitud se dejó llevar en el frenesí religioso y en el entusiasmo por la misión interrumpiendo su discurso con gritos de Deus vult! (¡Dios lo quiere!) que habría de convertirse en el lema de la Primera Cruzada. El sermón pronunciado por Urbano se encuentra entre los discursos más importantes de la historia europea. Existen cinco versiones de su discurso en distintos escritos, pero es difícil saber con exactitud sus verdaderas palabras puesto que todos esos escritos proceden de épocas en las que Jerusalén ya había sido capturada. Por ese motivo, no es posible distinguir con claridad entre los hechos verídicos y aquellos que fueron recreados a la luz del resultado exitoso de la cruzada. En cualquier caso, lo que sí está claro es que la respuesta al discurso fue mucho más amplia de la que se esperaba. Durante los años 1095 y 1096, Urbano extendió el mensaje a lo largo y ancho de Francia, mientras que urgía a sus obispos y legados para que extendiesen sus palabras por cualquier otro rincón de Francia, así como de Alemania y de Italia. Urbano intentó prohibir a ciertas personas (incluyendo a mujeres, monjes y enfermos) que se unieran a la cruzada, pero se encontró con que esto era imposible. Para entender el éxito de la convocatoria a la Primera Cruzada, debe tenerse en cuenta también la situación en la que se encontraban por aquel entonces los miembros de la nobleza europea. Su estilo de vida, guerreando continuamente unos contra otros, y enfrentados de forma más o menos habitual con diversas instituciones eclesiásticas (con las que por otra parte estaban estrechamente vinculados, dada la común condición privilegiada de ambos estamentos y la identidad familiar entre alto clero y nobleza), suponía para ellos una amenaza espiritual muy seria, pues todos se veían en mayor o menor medida incursos en comportamientos que la Iglesia calificaba de pecados castigados con las penas eternas del infierno, y que en ocasiones acarreaban la más inmediata y visible pena terrenal de la excomunión, equivalente a la muerte civil. La Cruzada significaba para ellos una vía de salvación a través de una actividad que conocían y dominaban: la guerra. En ese sentido, el historiador Pierre Tucoo-Chala escribe lo siguiente: Que algunos señores hayan tenido el pensamiento de a la vez asegurarse la salvación en el más allá y de obtener en estas tierras lejanas una suerte más envidiable que la tenían antes de partir es una evidencia. No fue seguramente el caso del vizconde de Bearn. (...) Es probable que su fe profunda haya sido confortada por la ocasión que se presentaba por fin por vez primera a los milites (caballeros) de poner su estilo de vida al servicio de sus convicciones religiosas.(...) Los eclesiásticos no tenían palabras suficientemente fuertes para condenar la vida practicada por estos guerreros. Para ellos milites, militia, implicaba malitia, maldad.(...) A mediados del siglo XV, los potentes (poderosos) se han convertido en dueños de castillos especializados en el combate a caballo y persiguen asegurarse los ingresos necesarios para dedicarse únicamente al arte de la guerra. Para ello oprimen a sus campesinos y acaparan los bienes del clero, que denuncia su violencia incontrolada. Para intentar limitarla, la Iglesia había desarrollado la Paz de Dios y después la Tregua de Dios. (...) A pesar de estas iniciativas el clérigo manifestaba aun una gran desconfianza hacia su estilo de vida. Pierre Tucoo-Chala[13] Finalmente, la mayoría de los que contestaron a su llamada no eran caballeros, sino campesinos sin riquezas y con muy poca preparación militar. Por otra parte, era en este público en el que más calaba un mensaje que no sólo les ofrecía la redención de sus pecados, sino que también les aportaba una forma de escapar a una vida llena de privaciones, en lo que acabaría siendo una explosión de fe que no fue fácilmente manejable para la aristocracia.[14] De resultas de esta explosión de fe, muchos abandonaron sus posesiones y se pusieron en marcha hacia Oriente. A los nobles, la Iglesia les prometía que sus bienes serían respetados hasta su vuelta, si bien, para armar un ejército, muchos de los cruzados poderosos (así llamados por la cruz que se tejían en sus vestiduras) tuvieron efectivamente que liquidar sus bienes y prepararse para un viaje sin retorno. Mucha gente humilde, en cambio, se limitó a ponerse en marcha, llevando consigo a sus familias y todas sus escasas posesiones. Éstos fueron los primeros en partir. [editar] La cruzada de los pobres Artículo principal: Cruzada de Pedro el Ermitaño La derrota de la cruzada de los pobres. [editar] La convocatoria Simultáneamente a Urbano II, varios predicadores, entre los que destaca Pedro el Ermitaño, consiguieron inflamar a una gran multitud de gente humilde, "entre ellos campesinos y artesanos, además de siervos" que, aunque el Papa Urbano había planeado la partida de la cruzada para el 15 de agosto de 1096 coincidiendo con la festividad de la Asunción de María, se puso en marcha antes de dicha fecha formando un ejército desorganizado y mal provisto formado por campesinos y pequeños nobles bajo la dirección de Pedro el Ermitaño con la intención de conquistar Jerusalén por su cuenta. Dirigidos por los predicadores, la respuesta de la población superó todas las expectativas: Si bien Urbano había contado con la adhesión a la cruzada de unos pocos miles de caballeros, se encontró con una verdadera migración de unos 40.000 cruzados, si bien dichas cifras estaban compuestas en su mayor parte por soldados sin experiencia, mujeres y niños.[15] [editar] El paso a través del Reino de Hungría Pedro de Amiens y sus ejércitos Coronación del rey Colomán de Hungría Sin tener ningún tipo de disciplina militar, y cuando se encontraban en lo que a los cruzados probablemente les parecía una tierra extraña (Europa del Este), pronto se vieron en problemas, todavía en territorio cristiano. El problema principal era el del aprovisionamiento, así como una gran cantidad de gente sin escrúpulos que vio en la cruzada, una oportunidad para saquear otros territorios. De esta forma, los ejércitos cruzados cometerían numerosos robos y matanzas a mediados del 1096 cuando entraron en el Reino de Hungría. Primeramente, en marzo de 1096 se adentrarían los caballeros franceses de Valter Gauthier, quienes azotaron la región de Zimony, y rápidamente serían repelidos por las fuerzas del rey Colomán de Hungría (sobrino del fallecido San Ladislao I de Hungría quien había aceptado el llamamiento a las cruzadas antes de morir en junio de 1095). Hungría guardó un luto de tres años por San Ladislao, esto, combinado con la poca fortaleza para el momento del recién coronado rey Colomán, fue lo que impidió que el reino húngaro se enlistase en las primeras cruzadas (hasta el momento de la quinta cruzada cuando Andrés II de Hungría llevaría el ejército más grande de la historia de los cruzados). Luego de los estragos de los caballeros franceses de Gauthier, entraría el ejército de Pedro de Amiens, el cual sería escoltado a través del reino por las fuerzas húngaras de Colomán. Sin embargo, luego de que los cruzados de Amiens atacasen a los soldados escoltas y matasen a cerca de 4000 húngaros, el rey Colomán resolvería fijar una posición hostil contra los cruzados que atravesaban el reino en dirección a Constantinopla. Por otra parte, considerando la situación, el rey húngaro Colomán permitió la entrada a los ejércitos cruzados de Volkmar y Gottschalk, a quienes eventualmente también tuvo que enfrentar y derrotar cerca de Nitra y Zimony, luego de que igual que los otros grupos anteriores causasen incalculables estragos y asesinatos en Hungría. Luego de esto, los húngaros detendrían las fuerzas del Conde Emiko cerca de la ciudad de Mosony, y al poco tiempo, el rey húngaro forzaría a Godofredo de Bouillón a firmar un tratado en la Abadía de Pannonhalma, donde los cruzados se comprometían a pasar por el territorio húngaro con un buen comportamiento. Tras esto, las fuerzas continuarían fuera de territorios húngaro escoltadas por los ejércitos de Colomán y continuarían hacia Constantinopla. [editar] Arribo a Asia Menor En el difícil trayecto murieron unas diez mil personas, cerca de un cuarto de las tropas iniciales de Pedro, si bien el resto llegó a Constantinopla en agosto en relativas buenas condiciones. Una vez ahí volvieron a surgir tensiones debidas a las diferencias culturales y religiosas y a las reticencias a repartir provisiones entre un número tan grande de personas. Para complicar aún más las cosas, los seguidores de Pedro se unieron a otros cruzados provenientes de Francia e Italia. Finalmente, el emperador Alejo Comneno decidió embarcar rápidamente a los 30.000 cruzados para que cruzaran el Bósforo, quitándose cuanto antes ese problema de encima.[16] Tras cruzar a Asia Menor, los cruzados comenzaron a discutir entre ellos y el ejército se dividió en dos partidas separadas. Desde allí, la multitud se internó en territorio turco, consiguiendo una victoria inicial, pero descuidando absolutamente la retaguardia. La experiencia militar de los turcos era demasiado para el inexperto ejército cruzado, sin conocimientos prácticos en el arte de la guerra. Finalmente, fueron masacrados y esclavizados fácilmente poco después de haberse internado en territorio selyúcida.[17] Pedro el Ermitaño consiguió volver a Bizancio y unirse a la Cruzada de los príncipes. Otro ejército de bohemios y sajones no logró atravesar Hungría antes de desbandarse. [editar] Persecución de los judíos Artículo principal: Persecución de los judíos durante la Primera Cruzada La Primera Cruzada fue la chispa que inició una tradición de violencia organizada contra el pueblo judío en Europa. Si bien el antisemitismo había existido en Europa desde hacía siglos, la Primera Cruzada supuso el primer caso de violencia en masa y organizada contra las comunidades judías. En Alemania, ciertos líderes interpretaron que esta lucha contra el infiel debía ser llevada no sólo contra los musulmanes ubicados en Tierra Santa, sino también contra los judíos que habitaban en sus propias tierras. Ilustración de una biblia francesa de 1250 que muestra lo que pudiera ser un grupo de judíos (identificables por sus gorros) siendo masacrados. Los sermones que predicaban la Cruzada inspiraron un antisemitismo todavía mayor. Según algunos predicadores, los judíos y los musulmanes eran enemigos de Cristo, y era deber de la cristiandad enfrentarse a esos enemigos o convertirles a la fe cristiana. El público en general entendió que el "enfrentamiento" al que hacían mención los predicadores era sinónimo de luchar a muerte o darles muerte. La conquista cristiana de Jerusalén y el establecimiento de un imperio cristiano supuestamente instigaría el "Fin de los Tiempos", durante el cual los judíos deberían supuestamente convertirse al cristianismo. Por otro lado, en algunos lugares de Francia y de Alemania se consideró a los judíos como culpables de la crucifixión de Jesús, y se trataba de un colectivo mucho más visible y cercano que el de los musulmanes. Muchas personas se preguntaron por qué debían viajar miles de kilómetros para luchar contra los infieles si ya había no creyentes cerca de sus casas. Partiendo a comienzos del verano de 1096, un ejército alemán compuesto por unos 10.000 cruzados y dirigido por los nobles Gottschalk, Volkmar, y Emicho se dirigió hacia el norte, siguiendo el Rin, en dirección opuesta a Jerusalén, para comenzar una serie de pogromos que algunos historiadores han llegado a llamar "el primer holocausto".[18] Los Cruzados viajaron al norte a través del valle del Rin en busca de las comunidades judías más conocidas como Colonia, para luego dirigirse al sur. A las comunidades judías se les daba la opción de convertirse o ser masacradas. Muchas se negaron a la conversión y, a medida que se extendían las noticias de las masacres, se dieron algunos casos de suicidios en masa. Esta interpretación de la Cruzada como guerra contra todo tipo de infiel, sin embargo, no fue algo universal, y existe constancia de que los judíos encontraron refugio en algunos santuarios cristianos. Un de esos casos fue el del arzobispo de Colonia, que se esforzó por proteger a los judíos de la ciudad de la matanza llevada a cabo por la propia población. En cualquier caso, miles de judíos fueron asesinados a pesar de los intentos de algunas autoridades eclesiásticas y seculares de protegerles. Todas estas masacres se justificaron a través del argumento de que los discursos del papa Urbano habían prometido la recompensa divina a los que matasen a infieles, sin importar qué tipo de no cristianos fuesen. En ese sentido, el llamamiento no se dirigía exclusivamente a la guerra santa contra los musulmanes. Aunque el papado aborreció y predicó en contra de estas acciones locales contra judíos y musulmanes, estos actos se repitieron en todos los movimientos cruzados posteriores. [editar] La Primera Cruzada Ruta de los líderes de la Primera Cruzada. [editar] Cruzada de los barones El fracaso de la cruzada de los pobres no sería más que el preámbulo de lo que se identifica habitualmente como Primera Cruzada, que es conocida también como la Cruzada de los barones. Mucho más organizada que la anterior, la cruzada de los barones estaba compuesta por miembros de la nobleza feudal y se dividieron en cuatro grupos principales según su origen que utilizaron distintas rutas para llegar a Constantinopla. * El primer grupo, compuesto por caballeros de origen lorenés y flamenco, estaba comandado por Godofredo de Bouillón junto con sus hermanos Balduino y Eustaquio y se dirigió a Constantinopla a través de Alemania y Hungría. * El segundo grupo estaba compuesto por caballeros normandos septentrionales comandados por Hugo de Vermandois, hermano del rey Felipe I de Francia y que llevaba el estandarte papal, Estéfano II de Blois, cuñado del rey Guillermo II de Inglaterra, por el conde Roberto II de Flandes y por Roberto II de Normandía y se dirigió a Constantinopla vía marítima partiendo desde Bari. * El tercer grupo lo componían los caballeros normandos meridionales a cuyo frente se encontraba Bohemundo de Tarento junto con su sobrino Tancredo que tras reunirse con los normandos septentrionales partieron juntos hacia Constantinopla. * El cuarto grupo estaba compuesto por caballeros occitanos dirigidos por Raimundo de Tolosa y a quien acompañaba Ademar de Le Puy, legado pontificio y jefe espiritual de la expedición. Este contingente se dirigió a Constantinopla atravesando Eslovenia y Dalmacia.[19] En total, el ejército cruzado estaba compuesto por entre 30.000 y 35.000 cruzados, incluyendo a unos 5000 caballeros.[20] Raimundo de Tolosa era el líder del contingente más numeroso, compuesto por unos 8.500 hombres de infantería y 1.200 de caballería.[21] [editar] Marcha hacia Jerusalén Tras la exitosa convocatoria papal y la avalancha de participantes no fue posible plantear una expedición unitaria, por lo que partieron de Europa distintas expediciones que habrían de confluir por diferente rutas en Constantinopla entre noviembre de 1096 y mayo de 1097. Acompañando a los caballeros cristianos había muchos hombres pobres (pauperes) que sólo se podían permitir comprar las ropas más básicas y, quizás, algún arma vieja. Pedro el Ermitaño, que se había unido a la cruzada de los príncipes en Constantinopla, era considerado el responsable de cuidar a estas personas, a quienes se les permitía organizarse en pequeños grupos, posiblemente compañías militares afines, y que a menudo iban dirigidos por algún caballero empobrecido. Los distintos grupos de cruzados llegaron a Constantinopla con pocas provisiones, esperando recibir ayuda de Alejo I. Alejo, por su parte, se encontraba en una situación difícil. Tras la dudosa experiencia vivida con la anterior cruzada de los pobres, y teniendo en cuenta que Bohemundo de Tarento era un antiguo enemigo suyo normando, no sabía hasta qué punto podía fiarse de los supuestos aliados cristianos venidos de occidente. Por otro lado, Alejo seguía teniendo esperanzas de conseguir controlar a este grupo de cruzados, y parece que incluso contemplaba la posibilidad de usarles como agentes del imperio bizantino para recuperar tierras perdidas. Dada la situación, Alejo llegó a un acuerdo con los cruzados: en intercambio por la comida y los suministros, Alejo exigía que los cruzados le jurasen lealtad, y que prometiesen devolver al Imperio bizantino todo el terreno que recuperasen de los turcos. Los cruzados, sin agua ni comida, no tuvieron otra opción que aceptar tomar el juramento, aunque no sin antes haber asumido todas las partes una serie de compromisos, y después de que casi se hubiese desatado un conflicto militar en la propia ciudad en un combate abierto con los akritai del emperador. Sólo el príncipe Raimundo evitó el juramento, ofreciendo a Alejo que liderara la cruzada en persona. Alejo rechazó la oferta, aunque los dos personajes se convirtieron en aliados a raíz de la desconfianza que ambos tenían en Bohemundo. Imperio bizantino antes de la Primera Cruzada. Imperio bizantino y los Estados Cruzados después de la Primera Cruzada. Alejo llegó al acuerdo con los cruzados de enviar un contingente militar bajo el mando del general Tatikios (de origen turco, curiosamente) para acompañar a los cruzados a lo largo de Asia Menor. Su primer objetivo sería Nicea, una antigua ciudad del Imperio bizantino que ahora era la capital del Sultanato de Rüm, gobernado en ese momento por Kilij Arslan I. En ese momento, Arslan estaba en plena campaña militar contra los danisméndidas, en Anatolia central, y había dejado atrás tanto su tesoro como a su familia, infravalorando la capacidad militar de los cruzados.[22] La ciudad sufrió un largo asedio que no tuvo grandes resultados, puesto que los cruzados no fueron capaces de bloquear el lago en el que estaba situado la ciudad, y a través de éste podía recibir provisiones. Cuando Kilij Arslan recibió noticias del asedio se apresuró a volver a su capital, y atacó al ejército cruzado el 23 de mayo de ese año. Sin embargo, en esta ocasión los turcos fueron derrotados, si bien ambos bandos sufrieron duras pérdidas.[23] Viendo que no sería capaz de liberar la ciudad, aconsejó a la guarnición que se rindiese si la situación llegaba a ser insostenible. Alejo, temiendo que los cruzados saqueasen la ciudad y destruyesen su riqueza, llegó a un acuerdo secreto de rendición con la ciudad, y se preparó para tomarla por la noche. El 19 de junio de 1097, los cruzados se despertaron y advirtieron que los estandartes bizantinos ondeaban en los muros de la ciudad. No sólo se les prohibió saquear la ciudad, sino que los cruzados tenían prohibido entrar en la ciudad salvo en pequeños grupos, lo que causó un gran malestar en el ejército cruzado, y supuso un añadido más a la tensión ya existente entre cristianos orientales y occidentales. Finalmente, los cruzados partieron en dirección a Jerusalén. Estéfano de Blois escribió a su mujer Adela estimando un viaje de cinco semanas más hasta alcanzar la ciudad santa. De hecho, ese viaje les llevaría dos años.[24] Los cruzados, todavía acompañados por algunas tropas bizantinas comandadas por Tatikios, marcharon hacia Dorilea, en donde Bohemundo sufrió un ataque por sorpresa de Kilij Arslan, en la batalla de Dorilea; el 1 de julio de ese año, Godofredo fue capaz de atravesar las líneas enemigas y, con ayuda de las tropas del legado Ademar (que atacó a los turcos desde la retaguardia) derrotó a los turcos y saqueó su campamento.[23] Kilij Arslan se batió en retirada, y los cruzados marcharon casi sin oposición a lo largo de Asia Menor hasta llegar a Antioquía, salvo por una batalla en septiembre en la que también derrotaron a los turcos. A lo largo del camino, los cruzados fueron capaces de capturar varias ciudades, como Sozopolis, Konya y Kayseri, aunque la mayoría de estas ciudades se perdieron de nuevo frente a los turcos en 1101.[25] En general, la marcha a través de Asia fue muy desagradable para el ejército cruzado. Se encontraban a mediados del verano, y los cruzados tenían muy poca agua y comida, por lo que muchos hombres y animales murieron durante la marcha. Al igual que había ocurrido en Europa, los cristianos de Asia en ocasiones les regalaban comida o dinero, pero en la mayoría de las ocasiones los cruzados se dedicaban al saqueo y al pillaje si se les presentaba la oportunidad. Por su parte, los distintos líderes de la cruzada continuaban disputándose el liderazgo absoluto de la misma, aunque ninguno era lo suficientemente poderoso para tomar el mando, si bien Ademar de Le Puy siempre fue reconocido como líder espiritual. Tras atravesar las Puertas Cilicias Balduino se separó del resto de cruzados, y puso rumbo hacia las tierras armenias de alrededor del Éufrates. Llegó a la ciudad de Edesa (hoy Urfa, en Turquía), que estaba en manos de cristianos armenios, y fue adoptado como heredero por el rey Thoros de Edesa, un armenio perteneciente a la Iglesia Ortodoxa de Grecia y que no contaba con el favor de sus súbditos por culpa de su religión. Thoros fue asesinado, y Balduino se convirtió en el nuevo gobernante, creando el condado de Edesa, que a su vez sería el primero de los estados cruzados.[26] Véanse también: Sitio de Nicea (1097) y Batalla de Dorilea [editar] Asedio de Antioquía Artículo principal: Sitio de Antioquía (1097) Miniatura medieval de Ademar de Monteil (con la mitra) empuñando la Lanza del Destino en una batalla de la Primera Cruzada. El ejército cruzado, mientras tanto, marchó hacia Antioquía, ciudad ubicada a mitad de camino entre Constantinopla y Jerusalén y con un gran valor religioso también para la cristiandad. El 20 de octubre de 1097, los cruzados sitiaron la ciudad, comenzando un asedio que duraría casi ocho meses.[27] Durante ese tiempo, los cristianos tuvieron que someterse a terribles penalidades, y se vieron obligados a enfrentarse a dos importantes ejércitos de apoyo a los sitiados enviados por Damasco y Alepo. Antioquía era una ciudad tan grande que los cruzados no tenían suficientes tropas como para rodearla completamente, por lo que tuvo la posibilidad de mantener un cierto nivel de suministros durante todo ese tiempo. Por otra parte, a medida que el asedio se alargaba fue quedando cada vez más claro que Bohemundo pretendía conquistar la ciudad para quedarse como gobernador. Yaghi-Siyan, el gobernador de Antioquía, sólo podía contar con su propio ejército personal para defenderse. Para prepararse para el asedio, exilió a muchos de los cristianos pertenecientes a la Iglesia Ortodoxa Griega y Armenia, a los que consideraba poco fiables. También encerró en prisión a Juan de Oxite, Patriarca de Antioquía de la Iglesia Ortodoxa Griega, y convirtió la Catedral de San Pedro en un establo. Los cristianos Ortodoxos Sirianos fueron por lo general respetados, puesto que Yaghi-Siyan les consideraba más leales a él que los otros debido a que también eran enemigos de los griegos y de los armenios. Yaghi-Siyan y su hijo Shams ad-Dawla solicitaron ayuda a Duqaq (gobernador de Damasco). Mientras tanto lanzaba ataques contra el campamento cristiano y hostigaba a las partidas de forrajeadores del ejército invasor. Yaghi-Siyan sabía gracias a sus informadores que existían divisiones entre los cristianos debido a que tanto Raimundo IV de Tolosa como Bohemundo de Tarento querían la ciudad para ellos. En una ocasión, mientras Bohemundo estaba forrajeando, Raimundo atacó la ciudad en solitario, pero fue repelido por las tropas de Yaghi-Siyan. El 30 de diciembre llegaron los esperados refuerzos de Duqaq, pero fueron derrotados por la partida de aprovisionamiento de Bohemundo, por lo que se retiraron a Homs. Yaghi-Siyan acudió entonces a Radwan (gobernador de Alepo) en busca de ayuda. Sin embargo, en febrero de ese año, el ejército enviado por Radwan fue también derrotado y Yaghi-Siyan aprovechó la marcha temporal del ejército invasor para hacer una salida contra su campamento, pero también tuvo que retirarse cuando los cruzados retornaron victoriosos. En marzo, Yaghi-Siyan logró emboscar a una partida de cruzados que traían madera y otros materiales desde el puerto de San Simeón. Llegaron noticias al campamento cruzado de que Raimundo y Bohemundo habían muerto en esa batalla, y se produjo una gran confusión que Yaghi-Siyan aprovechó para atacar al ejército comandado por Godofredo de Bouillón. Sin embargo, Yaghi-Siyan volvió a ser repelido cuando Bohemundo y Raimundo volvieron al campamento. En esta ocasión el gobernador acudió a Kerbogha, atabeg de Mosul, en busca de ayuda. Los cruzados sabían que debían tomar la ciudad antes de que llegasen los refuerzos de Kerbogha, y Bohemundo negoció en secreto con uno de los guardias de Yaghi-Siyan, un armenio llamado Firuz, que accedió a traicionar a la ciudad. El 2 de junio de 1098 los cruzados entraron en la ciudad matando a casi todos sus habitantes antes de que Kerbogha pudiera acudir en su auxilio.[28] La guarnición se replegó al interior de la ciudadela. Sólo unos pocos días más tarde llegó el ejército musulmán, que inició un nuevo asedio, esta vez con los cristianos en el interior de la ciudad. Justo entonces, un monje llamado Pedro Bartolomé aseguró haber descubierto la Lanza Sagrada en la ciudad y, si bien algunos eran escépticos en cuanto al hallazgo, el acontecimiento se consideró un milagro que presagiaba que obtendrían la victoria frente a los infieles.[29] Bohemundo de Tarento escala solo los muros de Antioquía, en un grabado de Gustave Doré. El 28 de junio los cruzados derrotaron a Kerbogha en batalla campal, victoria que en parte se atribuye al hecho de que Kerbogha no fue capaz de organizar a las distintas facciones que componían su ejército. Mientras que los cruzados marchaban contra los musulmanes, la sección fatimí desertó del contingente turco temiendo que Kerbogha se volviese demasiado poderoso si lograba derrotar a los cruzados. Por otra parte, y según la leyenda cristiana asociada al descubrimiento de la Lanza Sagrada, un ejército de santos cristianos habría acudido en ayuda de los cruzados en la batalla, haciendo pedazos al ejército de Kerbogha. Bohemundo de Tarento, tras la retirada de los ejércitos bizantinos que les habían acompañado en la expedición, alegó deserción por parte de éstos, y argumentó que dicha deserción invalidaba todos los juramentos que habían hecho frente a Alejo I. Bohemundo, gracias a la ruptura del juramento, retuvo la ciudad para sí, si bien no todos los cruzados estaban de acuerdo, y en especial Raimundo de Tolosa. Las discusiones entre los líderes supusieron un nuevo retraso en la marcha de la cruzada, que quedó estancada durante todo el resto del año. Por otro lado, la toma de Antioquía implicó el nacimiento del segundo Estado cruzado. Mientras tanto, irrumpió en escena el estallido de una plaga (posiblemente tifus), que mató a muchos de los cruzados, incluyendo al legado pontificio Ademar de Le Puy. Los soldados contaban cada vez con menos caballos, y los campesinos musulmanes se negaban a proveerles de comida. En diciembre de ese año, la ciudad de Ma'arrat al-Numan fue capturada tras un asedio en el que, además de finalizar con el asesinato de toda la población, se llegaron a producir casos de canibalismo entre los cruzados.[30] [31] Los caballeros de menor rango se fueron impacientando, y amenazaron con continuar hacia Jerusalén dejando atrás a sus líderes y sus disputas internas. Finalmente, a comienzos de 1099, se renovó la marcha hacia la Ciudad Santa, dejando a Bohemundo atrás como nuevo Príncipe de Antioquía. [editar] Asedio y conquista de Jerusalén Artículo principal: Sitio de Jerusalén (1099) Godofredo de Bouillón como Protector de Jerusalén. Su título oficial era Advocatus Sancti Sepulchri, "Protector del Santo Sepulcro". Desde Antioquía los cruzados marcharon hacia Jerusalén. La ciudad en aquel momento se encontraba disputada entre los fatimíes de Egipto y los turcos de Siria. Por el camino, conquistaron diversas plazas árabes (entre ellas el futuro castillo Krak des Chevaliers, que fue abandonado), y firmaron acuerdos con otras, deseosas de mantener su independencia y de facilitar que los cruzados atacaran a los turcos. A medida que se dirigían al sur por la costa del mar Mediterráneo los cruzados no se encontraron demasiada resistencia, puesto que los líderes locales preferían llegar a acuerdos de paz con ellos y darles suministros sin llegar al conflicto armado. Jerusalén, mientras tanto, había cambiado de manos varias veces, en los últimos tiempos y desde 1098 se encontraba en manos de los fatimíes de Egipto. Los cruzados llegaron ante las murallas de la ciudad en junio de 1099 y, al igual que hicieron con Antioquía, desplegaron sus tropas para someterla a un largo asedio, durante el cual los cruzados sufrieron también un gran número de bajas por culpa de la falta de comida y agua en los alrededores de Jerusalén. Cuando el ejército cruzado llegó a Jerusalén, del ejército inicial sólo quedaban 12.000 hombres, incluyendo a 1.500 soldados de caballería.[21] Enfrentados a lo que parecía una tarea imposible, los cruzados llevaron a cabo diversos ataques contra las murallas de la ciudad, pero todos fueron repelidos. Los relatos de la época indican que la moral del ejército se vio mejorada cuando un sacerdote llamado Pedro Desiderio aseguró haber tenido una visión divina en la cual se le daba instrucciones de marchar descalzos en procesión alrededor de las murallas de la ciudad, tras lo cual la ciudad caería en nueve días, siguiendo el ejemplo bíblico de la caída de Jericó. El 8 de julio los cruzados realizaron esa procesión. Finalmente la ciudad caería en manos cristianas el 15 de julio de 1099, gracias a una ayuda inesperada. Las tropas genovesas dirigidas por Guillermo Embriaco, se habían dirigido a Tierra Santa en una expedición privada. Se dirigían en primer lugar a Ascalón, pero un ejército fatimí de Egipto les obligó a marchar tierra adentro hacia Jerusalén, ciudad que se encontraba en ese momento sitiada por los cruzados. Los genoveses habían desmantelado previamente las naves en las cuales habían navegado hasta Tierra Santa, y utilizaron esa madera para construir torres de asedio. Estas torres fueron enviadas hacia las murallas de la ciudad la noche del 14 de julio entre la sorpresa y la preocupación de la guarnición defensora. A la mañana del día 15, la torre de Godofredo llegó a su sección de las murallas cercana a la esquina noreste de la ciudad y, según el Gesta, dos caballeros procedentes de Tournai llamados Letaldo y Engelberto fueron los primeros en acceder a la ciudad, seguidos por Godofredo, su hermano Eustaquio, Tancredo y sus hombres. La torre de Raimundo quedó frenada por una zanja pero, dado que los cruzados ya habían entrado por la otra vía, los guardias se rindieron a Raimundo. A lo largo de esa misma tarde, la noche y la mañana del día siguiente, los cruzados desencadenaron una terrible matanza de hombres, mujeres y niños, musulmanes, judíos o incluso los escasos cristianos del este que habían permanecido en la ciudad.[32] Aunque muchos musulmanes buscaron cobijo en la mezquita de Al-Aqsa y los judíos en sus sinagogas cercanas al Muro de las Lamentaciones, pocos cruzados se apiadaron de las vidas de los habitantes. Según la obra anónima Gesta Francorum "...la carnicería fue tan grande que nuestros hombres andaban con la sangre a la altura de sus tobillos..."[33] Otros relatos que hablan de la sangre llegando a la altura de las riendas de los caballos son reminiscencias de pasajes del Apocalipsis (14:20). Dos mil judíos fueron encerrados en la sinagoga principal, a la que se prendió fuego. Uno de los hombres que participó en aquella masacre, Raimundo de Aguilers, canónigo de Puy, dejó una descripción para la posteridad que habla por sí sola: «Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veían más que montones de cabezas, manos y pies. Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el templo de Salomón, que los cadáveres flotaban en ella y en muchos lugares la sangre nos llegaba hasta la rodilla. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la Iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias»[34] Tancredo, por su parte, reclamó el control del Templo de Jerusalén, y ofreció protección a algunos de los musulmanes que se habían refugiado ahí. Sin embargo, fue incapaz de evitar su muerte a manos de sus compañeros cruzados. En verdad, si hubieseis estado ahí habrías visto nuestros pies coloreados hasta los tobillos con la sangre de la masacre. Pero, ¿qué más os puedo contar? Ninguno fue dejado con vida; no hubo piedad ni de mujeres ni de niños. Fulquerio de Chartres[35] Algunos jefes cruzados, como por ejemplo Gastón de Bearn, trataron de proteger a los civiles agrupados en el Templo dándoles sus estandartes pero fue en vano porque al día siguiente un grupo de caballeros exaltados los masacró también. Solo se salvó una parte de la guarnición, protegida por juramento de Raimundo de Tolosa. Por otra parte, la Gesta Francorum establece que algunas personas lograron escapar a la toma de Jerusalén vivas. Su autor escribió, "Cuando los paganos habían sido vencidos, nuestros hombres capturaron a muchos, tanto mujeres como hombres, y o bien les daban muerte o les mantenían cautivos."[36] Más tarde se dice,"[Nuestro líderes] también ordenaron que todos los sarracenos muertos fuesen enviados fuera de la ciudad debido al hedor, puesto que toda la ciudad estaba llena de cuerpos; y por ello los sarracenos vivos arrastraron a los muertos hasta las salidas de las murallas y los colocaron en piras, como si fuesen casas. Nunca nadie pudo ver u oír de una masacre como esa de paganos, puesto que las piras funerarias se alzaban como pirámides, y nadie sabe su número salvo el mismo Dios."[37] [editar] Fin de la Cruzada En primer lugar los cruzados ofrecieron a Raimundo de Tolosa el título de rey de Jerusalén, pero lo rechazó. Después se le ofreció a Godofredo de Buillón, que aceptó gobernar la ciudad pero rechazó ser coronado como rey, diciendo que no llevaría una "corona de oro" en el lugar en el que Cristo había portado "una corona de espinas".[38] En su lugar, tomó el título de Advocatus Sancti Sepulchri ("Protector del Santo Sepulcro") o, simplemente, el de "Príncipe". En la última acción de la cruzada encabezó un ejército que derrotó a un ejército fatimí invasor en la batalla de Ascalón. Godofredo murió en julio de 1100 y fue sucedido por su hermano, entonces Balduino de Edesa, que sí que aceptaría el título de rey de Jerusalén y sería coronado bajo el nombre de Balduino I de Jerusalén. Con esta conquista finalizó la Primera Cruzada, la única exitosa. Tras la toma de Jerusalén, muchos cruzados volvieron a sus lugares de origen, aunque otros se quedaron a defender las tierras recién conquistadas. Entre ellos, Raimundo de Tolosa, disgustado por no ser el rey de Jerusalén, se independizó y se dirigió a Trípoli (en el actual Líbano), donde fundó el condado del mismo nombre. [editar] La cruzada de 1101 y el establecimiento de un nuevo reino Mapa de la parte occidental de Anatolia en el que aparecen las rutas tomadas por los ejércitos cristianos durante la Cruzada de 1101. Artículo principal: Cruzada de 1101 Habiendo capturado Jerusalén y la Iglesia del Santo Sepulcro, el juramento cruzado había quedado cumplido. Sin embargo, había muchos caballeros que habían vuelto a casa antes de alcanzar Jerusalén, así como otros muchos que no habían llegado a abandonar Europa. Cuando llegaron noticias del éxito de la cruzada, estos hombres fueron ridiculizados por sus familias y recibieron amenazas de excomunión por parte del clero. Por otro lado, otros muchos cruzados que habían permanecido en la Cruzada hasta su final también volvieron a sus casas, por lo que, según Fulquerio de Chartres, en el año 1100 ya sólo quedaban unos pocos cientos de caballeros en el nuevo reino. En 1101 comenzó una nueva cruzada, a la que se sumaron Estéfano de Blois y Hugo de Vermandois, que habían regresado a casa antes de alcanzar Jerusalén. Esta cruzada fue casi aniquilada en Asia Menor por los turcos selyúcidas, pero los supervivientes sirvieron para reforzar el nuevo reino a su llegada a Jerusalén. En los años siguientes, el reino también recibió ayuda de los mercaderes italianos que se establecieron en puertos sirios y de las órdenes religiosas y militares de los Caballeros Templarios y los Caballeros Hospitalarios, que fueron creadas durante el reinado de Balduino I. [editar] Participantes en la Primera Cruzada [editar] Peregrinación armada Aunque se le denomina Primera Cruzada, en realidad ninguno de los que participaron en ella se veía a sí mismo como "cruzado", que es un término de acuñación posterior a los hechos. La referencia a los cruzados apareció a comienzos del siglo XIII, más de 100 años después de la Primera Cruzada. Tampoco los cruzados se veían a sí mismos como los primeros, puesto que no sabían que habría cruzadas posteriores a la suya. En realidad, se veían como meros peregrinos (peregrinatores) en un viaje (iter), con la particularidad de que iban armados, y es a esa condición, la de participantes en una peregrinación armada, a la que se hace referencia en los relatos contemporáneos. Los participantes en el peregrinaje debían prestar juramento ante la Iglesia de que completarían el viaje, y se enfrentaban al castigo de la excomunión si fallaban en el intento, lo cual dotaba a la cruzada de un carácter oficial. Los cruzados debían jurar que su viaje no estaría completo hasta que hubiesen puesto el pie dentro del Santo Sepulcro de Jerusalén. Por otra parte, y dado que los peregrinajes eran eventos abiertos a cualquiera que quisiese participar en ellos, también se podían unir candidatos no del todo deseables para una expedición militar. Mujeres, viejos y enfermos, a pesar de que se les desaconsejaba la participación, se podían unir sin que nadie pudiese prohibírselo.
SEGUNDA CRUZADA
Segunda Cruzada Parte de Las Cruzadas Asia minor 1140.jpg La caída del condado de Edesa, que aparece a la derecha de este mapa (c.1140), fue la causa de la Segunda Cruzada. Fecha 1147-1149 Lugar Península Ibérica, Oriente Próximo, Egipto Resultado Fracaso en la reconquista del Condado de Edesa. Incremento de las hostilidades entre los Estados cruzados y los Imperios musulmanes. Reconquista de Lisboa, Tarragona y Almería.[1] Caída de los Almorávides y ascenso de los Almohades. Tratado de paz entre el Imperio bizantino y los turcos Selyúcidas. Aumento de la tensión entre el Imperio Bizantino y los Cruzados. Primeros avances cruzados hacia Egipto. Beligerantes Cruzados: * Armoiries de Jérusalem.svg Reino de Jerusalén o Cross of the Knights Templar.svg Caballeros Templarios o Coat of arms of the Teutonic Order.png Caballeros Teutónicos o Flag of the Sovereign Military Order of Malta.svg Caballeros Hospitalarios * Imperio bizantino o Armoiries Héthoumides.svg Armenia * PortugueseFlag1143.svg Reino de Portugal * Castile Arms.svg Reino de Castilla * Escut de Barcelona.svg Condado de Barcelona * Leon Arms.svg Reino de León * Holy Roman Empire Arms-single head.svg Sacro Imperio Romano Germánico o Frankenrechen.svg Franconia o Coat of arms of Bavaria.svg Baviera o Coat of arms of Baden-Württemberg (lesser).svg Suabia o Steiermark Wappen.svg Estiria * France Ancient.svg Reino de Francia o Blason Nord-Pas-De-Calais.svg Flandes o Armoiries Montferrat.png Montferrato o CoA House of Savoy crowned.svg Saboya o Bar Arms.svg Bar o Blason de l'Auvergne.svg Auvernia o Blason Lorraine.svg Lorena o Blason Ducs Bourgogne (ancien).svg Borgoña o COA fr BRE.svg Bretaña o Blason de l'Aquitaine et de la Guyenne.svg Aquitania o Armoiries Provence.svg Provenza * Henry II Arms.svg Reino de Inglaterra o Blason duche fr Normandie.svg Normandía Sarracenos: * Dinastía Selyúcida * Flag of Almohad Dynasty.svg Almorávides * Flag of Almohad Dynasty.svg Almohades * Flag of Jihad.svg Zengids o Flag of Jihad.svg Muyahides * Flag of Afghanistan pre-1901.svg Abasidas * Fatimid flag.svg Fatimies Comandantes Armoiries de Jérusalem.svg Melisenda de Jerusalén Armoiries de Jérusalem.svg Balduino III de Jerusalén Armoiries Tripoli.svg Raimundo II de Trípoli Armoiries Bohémond d'Antioche.svg Raimundo de Poitiers Manuel I Comneno Armoiries Héthoumides.svg Thoros II de Armenia PortugueseFlag1143.svg Alfonso I de Portugal Castile Arms.svg Alfonso VII de León Holy Roman Empire Arms-single head.svg Conrado III Steiermark Wappen.svg Ottokar III de Estiria France Ancient.svg Luis VII de Francia Blason Nord-Pas-De-Calais.svg Thierry de Alsacia Henry II Arms.svg Esteban de Blois Blason duche fr Normandie.svg Godofredo V de Anjou Masud I Flag of Almohad Dynasty.svg Tashfin Ibn Alibr Flag of Almohad Dynasty.svg Ibrahim ibn Tashfin Flag of Almohad Dynasty.svg Ishaq ibn Ali Flag of Almohad Dynasty.svg Abd Al-Mumin Flag of Jihad.svg Imad ad-Din Zengi Flag of Jihad.svg Saif ad-Din Ghazi I Flag of Afghanistan pre-1901.svg Al-Muqtafi Fatimid flag.svg Al-Hafiz Fuerzas en combate Alemanes: 20.000 hombres[2] Franceses: 15.000 hombres[2] La Segunda Cruzada (1147-1149) fue la segunda gran campaña militar de una serie de campañas denominadas en su conjunto como Las Cruzadas y que, durante los siglos XII y XIII, partieron desde Europa occidental (principalmente Francia) hacia Oriente Medio, con el fin de conquistar Tierra Santa y en particular la ciudad de Jerusalén, que se encontraban en manos musulmanas desde el siglo VII. La Segunda Cruzada fue convocada en 1145 en respuesta a la caída del condado de Edesa un año antes. Edesa fue el primero de los estados cruzados fundados durante la Primera Cruzada (1096–1099), pero fue también el primero en caer. La Segunda Cruzada, convocada por el Papa Eugenio III, contó con el liderazgo de varios reyes europeos por primera vez, entre los que destacaron Luis VII de Francia y el emperador Conrado III, y con la ayuda de numerosos nobles. Los ejércitos de ambos reyes marcharon por separado a través de Europa y en cierto modo fueron retardados por el emperador bizantino Manuel I Comneno. Después de cruzar el territorio bizantino, ya en Anatolia, ambos ejércitos fueron derrotados, por separado, por los turcos selyúcidas. Luis, Conrado y los restos de sus ejércitos llegaron a Jerusalén y en 1148 participaron en un desacertado ataque sobre Damasco. La cruzada en oriente fue un fracaso para los cruzados y una gran victoria para los musulmanes. En último término, dicho fracaso conduciría al sitio y caída de Jerusalén en 1187 y a la convocatoria de la Tercera Cruzada a finales del siglo XII. El único éxito se produjo fuera del Mediterráneo en la península Ibérica, en dónde los cruzados ingleses, escoceses, flamencos, frisones, normandos y algunos alemanes, en su ruta marítima hacia Tierra Santa, se detuvieron en las costas portuguesas y ayudaron a la toma de Lisboa, Almería y Tarragona en 1147.[1] Mientras tanto, en Europa oriental, se inició la primera de las cruzadas del norte para convertir al cristianismo a las tribus paganas del Báltico, en un proceso que duraría varios siglos. Contenido [ocultar] * 1 Antecedentes. La caída de Edesa. * 2 Reacción en occidente * 3 Bernardo de Claraval predica la cruzada * 4 Preparativos * 5 La cruzada en España y Portugal * 6 Partida de los cruzados alemanes * 7 Partida de los cruzados franceses * 8 La marcha hasta Jerusalén * 9 El consejo de Acre * 10 Sitio de Damasco * 11 Consecuencias * 12 Referencias o 12.1 Fuentes primarias o 12.2 Fuentes secundarias y terciarias * 13 Enlaces externos [editar] Antecedentes. La caída de Edesa. Artículo principal: Sitio de Edesa Tras la Primera Cruzada y la Cruzada menor de 1101, se establecieron tres reinos cruzados en oriente: el reino de Jerusalén, el principado de Antioquía y el condado de Edesa. Un cuarto estado, el condado de Trípoli se creó en 1109. Edesa se encontraba en el extremo norte, siendo también el estado más débil y menos poblado; como tal, era objeto de frecuentes ataques de los estados musulmanes vecinos, gobernados por los Ortóquidas, Danisméndidas, y turcos selyúcidas. El conde Balduino II y el futuro conde Joscelino de Courtenay fueron apresados tras su derrota en la batalla de Harran en 1104. Balduino y Joscelino volvieron a ser capturados en 1122, y aunque Edesa se recuperó en parte tras la batalla de Azaz en 1125, Joscelino murió en batalla en 1131. Su sucesor Joscelino II se vio forzado a una alianza con el Imperio bizantino, pero en 1143 murieron tanto el emperador Juan II Comneno como el rey de Jerusalén Fulco de Anjou. Joscelino también tuvo sus disputas con el conde de Trípoli y el príncipe de Antioquía, de modo que Edesa se quedó sin aliados poderosos. Mapa de la Segunda Cruzada Mientras tanto, el selyúcida Zengi, atabeg de Mosul, había conquistado Alepo en 1128. Alepo era la llave de Siria, y se la habían disputado los goberandores de Mosul y Damasco. Tanto Zengi como el rey Balduino II volvieron entonces su atención hacia Damasco. Balduino sufrió una derrota en el exterior de la ciudad en 1129; pero Damasco, gobernada por la dinastía de los Búridas, se aliaría más tarde con el rey Fulco cuando Zengi la asediase en 1139 y 1140; el cronista musulmán Usamah ibn Munqidh negoció dicha alianza. A finales de 1144, Joscelino II se alió con los Ortóquidas y salió de Edesa con casi todo su ejército para apoyar al príncipe ortóquida Kara Aslan contra Alepo. Zengi, que buscaba beneficiarse de la muerte de Fulco en 1143, se dirigió rápidamente hacia el norte para asediar Edesa, que cayó en sus manos un mes después, el 24 de diciembre de 1144. Manases de Hierges, Felipe de Milly y otros nobles salieron de Jerusalén para prestar su ayuda, pero era ya demasiado tarde. Joscelino II siguió gobernando lo que le quedó del condado desde Turbessel, pero poco a poco, el resto del territorio sería tomado o vendido a los bizantinos. Gracias a esto, Zengi fue ensalzado en todo el mundo islámico como "defensor de la fe" y al-Malik al-Mansur, "el rey victorioso". Sin embargo, no prosiguió sus ataques sobre el territorio restante de Edesa o sobre le principado de Antioquía, como los cristianos temían que hiciese. Los acontecimientos internos de Mosul le obligaron a volver, y de nuevo dirigió su mirada hacia Damasco. Sin embargo, un esclavo lo asesinó en 1146 y le sucedió en Alepo su hijo Nur al-Din.[3] Joscelino intentó recuperar Edesa tras el asesinato de Zengi, pero Nur al-Din le derrotó en noviembre de 1146. [editar] Reacción en occidente Artículo principal: Quantum praedecessores El Papa Eugenio III convocó la Segunda Cruzada a través de su bula Quantum praedecessores. Las noticias de la caída de Edesa llegaron a Europa primero a través de los peregrinos que retornaban a comienzos del año 1145 y luego por las embajadas enviadas desde Antioquía, Jerusalén y Armenia. El obispo Hugo de Jabala le transmitió las nuevas al Papa Eugenio III que no tardó en emitir la bula Quantum praedecessores el 1 de diciembre del mismo año, por la que convocaba una segunda cruzada. Hugo también le habló de un rey oriental cristiano, que se esperaba que llegase en ayuda de los cruzados: se trata de la primera mención documentada del Preste Juan. Eugenio, que vivía en Viterbo, pues no controlaba Roma, decidió a pesar de todo que la cruzada debía de ser más organizada y centralizada que la Primera. Los predicadores debían contar con la aprobación papal, los ejércitos, estar dirigidos por los reyes más poderosos de Europa y la ruta debía decidirse de antemano. La respuesta inicial a la bula papal fue pobre, y el hecho es que hubo que hacer una nueva convocatoria cuando se supo que Luis VII de Francia tomaría parte en la expedición. Éste había estado valorando también la posibilidad de una nueva cruzada de forma independiente a la del Papa, y además, así se lo anunció a su corte aquella Navidad. Es una cuestión debatida si Luis planeaba una cruzada por su cuenta, o si se trataba de un mero peregrinaje con la finalidad de cumplir el juramento que su hermano Felipo había hecho sobre ir a Tierra Santa y que no había podido cumplir por su temprana muerte. Quizá a Luis no le había llegado la bula cuando hizo el anuncio, pero en cualquier caso, ni el abad Suger ni otros nobles se mostraron partidarios de los planes del rey, puesto que le ausentarían del reino durante varios años. Luis consultó entonces a Bernardo de Claraval, que le remitió al Papa. En este momento, sin duda, Luis conocía ya la bula papal, y Eugenio apoyó con entusiasmo la cruzada de Luis. El 1 de marzo de 1146 se volvió a publicar la bula, y Eugenio autorizó a Bernardo la predicación de la misma por toda Francia. [editar] Bernardo de Claraval predica la cruzada Representación de San Bernardo en una vidriera. ca. 1450. En un comienzo, apenas hubo entusiasmo popular por la cruzada, como sí que había ocurrido en 1095 y 1096. Sin embargo, el Papa encargó a Bernardo, uno de los hombres más famosos y respetados de la Cristiandad, que predicase la cruzada, y le garantizó las mismas indulgencias que Urbano II había concedido durante la Primera Cruzada.[4] Bernardo decidió hacer hincapié sobre el hecho de que tomar la cruz era un medio para lograr la absolución de los pecados y alcanzar la gracia. El 31 de marzo, en presencia del rey Luis, predicó ante una gran multitud en el campo junto a Vézelay. Bernardo, el "doctor melífluo", ejerció el poder de su oratoria y sus oyentes se alzaron al grito de "¡cruces, dadnos cruces!" y agotaron las telas haciendo cruces, e incluso se dice que el propio Bernardo entregó sus vestiduras externas con este fin. A diferencia de la Primera Cruzada, la nueva aventura atrajo también a miembros de la realeza, como Leonor de Aquitania, entonces reina de Francia; Thierry de Alsacia, conde de Flandes; Enrique, el futuro conde de Champaña; el hermano de Luis, Roberto I de Dreux; Alfonso I de Toulouse; Guillermo II de Nevers; Guillermo de Warenne, tercer conde de Surrey; Hugo VII de Lusignan; así como a otros muchos nobles y obispos. Luis VII y su esposa Leonor, junto con los príncipes y aristócratas presentes en la asamblea se postraron a los pies de Bernardo para recibir la cruz de peregrinos. Pero fue la gente común la que dio muestras de mayor entusiasmo. El Papa nombró santo a Bernardo por sus méritos enardeciendo a la gente y enviándolos a combatir a los musulmanes para recuperar Tierra Santa. San Bernardo escribió al Papa pocos días después: "Abrí la boca, hablé, e inmediatamente los cruzados se multiplicaron hasta el infinito. Las aldeas y villas están vacías; apenas hay un hombre por cada siete mujeres. Por todas partes se ven viudas, cuyos maridos aún viven". Bernardo predicó también en Alemania, y las crónicas recohen los supuestos milagros que protagonizó, y que sirvieron para multiplicar el número de peregrinos adheridos a la Cruzada. Mientras estaba en Alemania, Bernardo predicó a Conrado III en noviembre de 1146, pero como Conrado no parecía interesado en participar personalmente, Bernardo pasó a Alemania meridional y Suiza para seguir sus prédicas. Sin embargo, en su viaje de vuelta, en diciembre, se detuvo en Espira, donde en presencia de Conrado pronunció un emocionado sermón en el que representó la figura del propio Cristo, preguntándole qué más podía hacer por el emperador: “Hombre”, le dijo, “¿qué más debo hacer por ti que aún no haya hecho?” Conrado ya no se pudo resistir y se unió a la cruzada con muchos de sus nobles vasallos, entre ellos, Federico, duque de Suabia. También, al igual que meses antes en Vézelay, mucha gente común tomó la cruz en Alemania. Tanto Conrado III como su sobrino, Federico I Barbarroja, recibieron la cruz de manos de Bernardo.[5] Por su parte, el papa Eugenio se trasladó a Francia para seguir impulsando el número de adhesiones. Se decidió que los cruzados partirían un año después, y que mientras tanto se llevarían a cabo los preparativos y se trazaría la ruta hasta Tierra Santa. Luis y Eugenio contaron con el apoyo de aquellos príncipes cuyas tierras tendrían que cruzar: Geza de Hungría, Roger II de Sicilia y el emperador bizantino Manuel I Comneno, aunque este último pidió que los cruzados le jurasen fidelidad, lo mismo que había pedido su abuelo Alejo I Comneno. Mientras tanto, Bernardo siguió predicando en Borgoña, Lorena y Flandes. Al igual que ocurrió en la Primera Cruzada, la predicación de la Cruzada y la idea de Guerra Santa contra los no cristianos condujo a ataques mortales contra las comunidades judías, en uno de los cuales casi pierde la vida uno de los más importantes talmudistas de su generación, Rabeinu Tam.[6] Un fanático monje alemán llamado Rudolf, perteneciente a la orden cisterciense, al parecer incitó a la matanza de judíos en Renania, Colonia, Maguncia, Worms y Espira, pues les acusaba de no querer contribuir con dinero al rescate de Tierra Santa. San Bernardo y los arzobispos de Colonia y Maguncia se opusieron firmemente a dichas persecuciones, e incluso Bernardo viajó desde Flandes a Alemania para intentar acabar con el problema, y en gran medida logró que gran parte de la audiencia de Rudolf le siguiese a él. Luego, se encontró con Rudolf en Maguncia y pudo silenciarle y mandarlo de vuelta a su monasterio.[7] El Papa también autorizó la cruzada en España, aunque hacía ya mucho tiempo que en ese territorio se mantenían en marcha guerras contra los musulmanes. Concedió a Alfonso VII de Castilla la misma indulgencia que había otorgado a los cruzados franceses; e igual que hizo el Papa Urbano II en 1095, urgió a los españoles a luchar en su propio territorio en lugar de unirse a las cruzadas de oriente. Autorizó a Marsella, Pisa y Génova, así como a otras ciudades, a luchar en España también, pero en general mandó a los italianos a las cruzadas de oriente, como le pidió con Amadeo III de Saboya. Eugenio no quería que Conrado participase, pues temía que así reforzase el poder imperial en sus reivindicaciones sobre el Papado, pero en cualquier caso no le prohibió marchar. [editar] Preparativos El 16 de febrero de 1147, los cruzados franceses se reunieron en Étampes para discutir su itinerario. Los alemanes habían decidido ya viajar por tierra, a través de Hungría, puesto que, como Roger II era enemigo de Conrado, la ruta marítima resultaba políticamente poco viable. Muchos de los nobles franceses desconfiaban de la ruta terrestre, que les llevaría a través del Imperio Bizantino, cuya reputación todavía se resentía por los relatos de los primeros cruzados. No obstante, decidieron seguir a Conrado, y se pusieron en camino el 15 de junio. Roger II se sintió ofendido y rehusó continuar participando. El abad Suger y el conde Guillermo de Nevers fueron elegidos como regentes mientras el rey permaneciera en la cruzada. En Alemania Adam de Ebrach continuó predicando, y Otto de Freising tomó también la cruz. El 13 de marzo, en Fráncfort, el hijo de Conrado, Federico, fue elegido rey, bajo la regencia de Enrique, arzobispo de Mainz. Los alemanes planeaban partir en mayo y reunirse con los franceses en Constantinopla. Por entonces, otros príncipes alemanes extendieron la idea de cruzada a las tribus eslavas del nordeste del Sacro Imperio Romano Germánico, y fueron autorizados por Bernardo para emprender una cruzada contra ellas. El 13 de abril, Eugenio confirmó esta cruzada, comparándola a las realizadas en España y Palestina. Así, en 1147 nacieron las cruzadas bálticas. [editar] La cruzada en España y Portugal Alfonso I de Portugal A mediados de mayo salieron de Inglaterra los primeros contingentes, compuestos de cruzados flamencos, frisios, normandos, ingleses, escoceses y algunos alemanes. Ningún rey ni príncipe dirigía a estas tropas; Inglaterra estaba por entonces dominada por la anarquía. Llegaron a Oporto en junio. Allí, el obispo les convenció para que continuasen hasta Lisboa, a donde había llegado ya el rey Alfonso I, informado de la llegada de una flota cruzada a su reino. Dado que la cruzada en España y Portugal había sido sancionada por el Papa, los cruzados aceptaron combatir a los musulmanes en la península. El sitio de Lisboa comenzó el 1 de julio y se prolongó hasta el 24 de octubre, cuando la ciudad cayó en poder de los cruzados, quienes la saquearon a fondo antes de cedérsela al rey de Portugal. Casi al mismo tiempo, los ejércitos españoles comandados por Alfonso VII de Castilla y Ramón Berenguer IV de Barcelona, entre otros, conquistaron Almería y Tarragona, con ayuda del mismo ejército cruzado.[1] Algunos de los cruzados se asentaron en las recién conquistadas ciudades, y Gilbert de Hastings fue elegido obispo en Lisboa, aunque la mayoría de la flota continuó su viaje hacia el este en febrero de 1148. Poco después, en 1148 y 1149, las tropas castellanas y aragonesas reconquistaron también Tortosa, Fraga y Lérida. [editar] Partida de los cruzados alemanes Los cruzados alemanes, franconios, bávaros y suabos, partieron por tierra, también en mayo de 1147. Ottokar III de Estiria se unió a Conrado en Viena, y el enemigo de Conrado, Geza II de Hungría les permitió finalmente atravesar su reino sin causarles daño. Cuando el ejército llegó a territorio bizantino, el emperador Manuel I temió que fuesen a atacarle, y destacó tropas para asegurar que no se produjeran disturbios. Hubo una breve escaramuza con algunos de los más indisciplinados alemanes cerca de Filipópolis, y en Adrianópolis, donde el general bizantino Prosouch se enfrentó al sobrino de Conrado, el futuro emperador Federico I. Para empeorar las cosas, varios soldados alemanes murieron en una inundación a comienzos de septiembre. El 10 de septiembre, sin embargo, los alemanes llegaron a Constantinopla, donde el emperador les acogió con bastante frialdad, y les convenció para que cruzasen a Asia Menor tan pronto como fuera posible. Manuel quería que Conrado dejase en Constantinopla parte de su ejército, para que le ayudase a defenderse de los ataques de Roger II, quien había aprovechado la oportunidad para saquear las ciudades de Grecia. Conrado, a pesar de ser enemigo de Roger, no aceptó la propuesta del emperador. El emperador Federico I, duque de Suabia durante la Segunda Cruzada En Asia Menor, Conrado decidió no esperar a los franceses, y marchó contra Iconio, capital del selyúcida sultanato de Rüm. Dividió su ejército en dos divisiones, de las cuales la primera fue destruida por los selyúcidas el 25 de octubre de 1147 en la segunda batalla de Dorileo (Dorylaeum). Los turcos utilizaron su táctica habitual de fingir una retirada y volver a atacar a la pequeña fuerza de caballería alemana que se había separado del ejército principal para perseguirles. Conrado comenzó una lenta retirada de regreso a Constantinopla, y su ejército fue diariamente hostigado por los turcos, que atacaron a los rezagados y vencieron a la retaguardia. El propio Conrado fue herido en una escaramuza con ellos, siendo atendido de sus lesiones por el propio emperador bizantino Manuel. La otra división del ejército, comandada por Otto de Freising, se dirigió hacia la costa mediterránea, y fue igualmente masacrada a comienzos de 1148. [editar] Partida de los cruzados franceses Fresco del emperador Manuel I Comneno. Los cruzados franceses partieron de Metz en junio, liderados por Luis, Thierry de Alsacia, Renaut I de Bar, Amadeo III de Saboya, Guillermo VII de Auvernia, Guillermo III de Montferrato, y otros, junto con ejércitos de Lorena, Bretaña, Borgoña y Aquitania. Una parte del ejército, procedente de Provenza, bajo el mando de Alfonso de Toulouse, decidió esperar hasta agosto y seguir por mar. En Worms, Luis se unió a los cruzados de Normandía e Inglaterra. Siguieron la ruta de Conrado en paz, aunque Luis tuvo un problema con Geza de Hungría, cuando éste descubrió que Luis había permitido que se le uniese una persona que había intentado usurpar el trono húngaro. Las relaciones ya dentro del territorio bizantino no fueron muy buenas, y los loreneses, que iban en vanguardia del resto de los franceses, también tuvieron problemas con los alemanes, más lentos. Desde las negociaciones originales entre Luis y Manuel, éste último había detenido las hostilidades con el Sultanato de Rüm, se había aliado con su sultán Mas'ud, sin embargo, las relaciones de Manuel con el ejército francés fueron algo mejores que con los alemanes, y Luis fue recibido espléndidamente en Constantinopla. Algunos franceses se escandalizaron de la alianza de Manuel con los selyúcidas, y exigieron un ataque contra Constantinopla, pero fueron refrenados por los legados papales. Cuando las tropas de Saboya, Auvernia y Monferrato se unieron a las de Luis en Constantinopla (después de llegar por la ruta italiana y cruzar desde Brindisi a Durazzo), el ejército al completo fue trasladado a través del Bósforo hasta Asia Menor. Se vieron reconfortados por los rumores que decían que los alemanes habían tomado Iconio, pero Manuel rechazó conceder a Luis tropas bizantinas e hizo jurar a los franceses que devolverían al Imperio cualquier territorio que reconquistasen. Tanto alemanes como franceses entraron en Asia sin ayuda alguna por parte de los bizantinos, a diferencia de los ejércitos de la Primera Cruzada. Los franceses se encontraron con los restos del ejército de Conrado en Nicea, y el propio Conrado se unió a las fuerzas de Luis. Siguieron la ruta de Otto de Freising por la costa mediterránea, y llegaron a Éfeso en diciembre, donde se enteraron de que los turcos se preparaban para atacarles. Manuel les envió embajadores, quejándose de los saqueos de las tropas de Luis por el camino, y quedaba claro que no había garantía alguna de que los bizantinos les ayudarían en caso de ataque turco. Mientras tanto Conrado enfermó y tuvo que volver a Constantinopla, donde el propio Manuel le atendió personalmente; pero Luis, sin prestar atención a las amenazas de un ataque turco, partió de Éfeso. Los turcos estaban realmente esperando para atacarles, pero en una pequeña batalla a las afueras de Éfeso, vencieron los franceses. Llegaron a Laodicea a principios de enero de 1148, pocos días después de que el ejército de Otto de Freising hubiese sido destruido en la zona. Al reanudar la marcha, la vanguardia bajo el mando de Amadeo de Saboya se separó del resto, mientras que las tropas de Luis fueron desviadas por los turcos. El propio Luis, según Odón de Deuil, trepó a un árbol y los turcos no se dieron cuenta de su presencia o no le reconocieron. Los turcos no se molestaron en seguir atacando, y los franceses continuaron hasta Adalia, aunque bajo la constante presión turca, que quemaba la tierra para evitar que los franceses pudiesen alimentarse de la misma. Luis quiso continuar por tierra, y se decidió que reunir una flota en Adalia que les llevase a Antioquía. Tras un retraso de un mes debido a las tormentas, la mayoría de los barcos prometidos ni siquiera llegó. Luis y los que iban con él embarcaron, dejando al resto del ejército que continuase la larga marcha hasta Antioquía por tierra. Casi todo el ejército pereció, ya fuese a manos de los turcos o por distintas enfermedades. [editar] La marcha hasta Jerusalén Luis llegó a Antioquía el 19 de marzo, después de sufrir una tormenta; Amadeo de Saboya había muerto en el camino en Chipre. Luis fue recibido por el tío de Leonor Raimundo de Poitiers. Éste esperaba que Luis le ayudaría a defenderse de los turcos y que le acompañaría en un ataque contra Alepo, pero Luis tenía otros planes, pues prefería dirigirse primero a Jerusalén para cumplir su peregrinaje, más que centrarse en el aspecto militar de la cruzada. Leonor disfrutó de su estancia, pero su tío quería que ella se quedase con él, e incluso que se divorciase de Luis si éste no aceptaba ayudarle. Luis dejó rápidamente Antioquía camino de Trípoli. Mientras, Otto de Freising y el resto de sus tropas llegaron a Jerusalén a primeros de abril, y Conrado lo hizo poco después. El patriarca Fulco de Jerusalén viajó para invitar a Luis a que se reuniese con ellos. La flota que se había detenido en Lisboa llegó también en estas fechas, al igual que los provenzales de Alfonso de Toulouse, aunque éste último había muerto en el camino hacia Jerusalén, según los indicios, envenenado por Raimundo II de Trípoli, su sobrino que temía las pretensiones políticas de su tío sobre el condado. [editar] El consejo de Acre La mezquita omeya en el centro de Damasco En Jerusalén el objetivo de la cruzada se dirigió rápidamente hacia Damasco, el blanco deseado del rey Balduino III de Jerusalén y de los caballeros templarios. A Conrado ya se le había convencido de la necesidad de participar en esta expedición. Cuando llegó Luis, la Haute Cour se reunió en Acre el 24 de junio. Fue la reunión más espectacular de la Cour en toda su historia: Conrado, Otón, Enrique II de Austria, el futuro emperador Federico I Barbarroja (entonces duque de Suabia), y Guillermo III de Montferrato representaban al Sacro Imperio; Luis, el hijo de Alfonso, Bertrand, Thierry de Alsacia y otros señores eclesiásticos y seculares representaban a Francia; y por parte de Jerusalén estaban el rey Balduino, la reina Melisenda, el patriarca Fulco, Robert de Craon (gran maestre del Temple), Raimundo del Puy de Provence (gran maestre de los caballeros hospitalarios), Manasses de Hierges (condestable de Jerusalén), Hunifrido II de Torón, Felipe de Milly y Barisán de Ibelín. Sorprendentemente, no asistió nadie de Antioquía, Trípoli, o del antiguo condado de Edesa. Algunos franceses consideraron que así habían llevado a cabo su peregrinaje, y querían volver a casa; algunos barones del reino señalaron que no sería acertado atacar Damasco, su aliado contra los zéngidas. Pero Conrado, Luis y Balduino insistieron, y en julio se reunió un ejército en Tiberíades. [editar] Sitio de Damasco Los cruzados decidieron atacar Damasco desde el oeste, donde las huertas les facilitaban un constante aprovisionamento de víveres. Llegaron el 23 de julio, con el ejército de Jerusalén en vanguardia, seguido por Luis, y a continuación Conrado, en la retaguardia. Los musulmanes estaban preparados para el ataque y hostigaron constantemente al ejército, avanzando por las huertas. Los cruzados consiguieron abrirse camino y expulsar a los defensores al otro lado del río Barada y a Damasco; llegados al pie de las murallas, emprendieron inmediatamente el asedio de la ciudad. Damasco había pedido ayuda a Saif ad-Din Ghazi I de Aleppo y Nur ad-Din de Mosul, y el visir Mu'in ad-Din Unur dirigió un inexitoso ataque contra los cruzados. Había conflictos en ambos bandos: Unur sospechaba que si Saif ad-Din y Nur ad-Din ofrecían su ayuda era porque querían apoderarse de la ciudad; por su parte, los cruzados no podían ponerse de acuerdo sobre a quién le correspondería la ciudad en caso de que la conquistaran. El 27 de julio, los cruzados decidieron trasladarse al lado este de la ciudad, que estaba menos forfificado pero era menos rico en comida y agua. Por entonces Nur ad-Din ya había llegado, y les fue imposible regresar a su posición anterior. Primero Conrado, y luego el resto de los cruzados, decidieron levantar el sitio y regresar a Jerusalén. [editar] Consecuencias Todos los bandos se sintieron traicionados por los otros. Se trazó un nuevo plan para conquistar Ascalón, y Conrado llevó allí sus tropas, pero no llegaron más refuerzos, debido a la desconfianza nacida entre los cruzados durante el fallido asedio de Damasco. Se abandonó la idea de la expedición a Ascalón, y Conrado regresó a Constantinopla para renovar su alianza con Manuel, mientras que Luis permaneció en Jerusalén hasta 1149. En Europa, Bernardo de Claraval se sentía humillado, y cuando fracasó su intento de promover una nueva cruzada, intentó distanciarse del fiasco que había supuesto la Segunda Cruzada. Murió en 1153. El asedio de Damasco tuvo consecuencias desastrosas a largo plazo: Damasco no volvió a confiar en el reino cruzado, y la ciudad fue entregada a Nur ad-Din en 1154. Balduino II finalmente sitió Ascalón en 1153, lo que atrajo a Egipto al ámbito del conflicto. Jerusalén fue capaz de hacer algunas conquistas más en territorio egipcio, ocupando brevemente El Cairo en la década de 1160. Sin embargo, las relaciones con el Imperio Bizantino eran, como poco, delicadas, y la ayuda de Occidente se hizo escasa después del desastre de la Segunda Cruzada. En 1171, Saladino, sobrino de uno de los generales de Nur ad-Din, fue proclamado sultán de Egipto, y logró unir bajo su mando Egipto y Siria, rodeando por completo al reino cruzado. En 1187 Jerusalén cayó en su poder, y Saladino se dirigió al norte, donde se apoderó de todo el territorio de los estados cruzados, a excepción de sus capitales, lo cual motivaría el nacimiento de la Tercera Cruzada.
TERCERA CRUZADA
Tercera Cruzada
La Tercera Cruzada (1189 d.C–1192 d.C) fue un intento europeo de recuperar Tierra Santa del poder de Saladino. Es conocida también como Cruzada de los Reyes.
Contenido
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* 1 Precedentes
o 1.1 Unificación musulmana
o 1.2 Conquistas de Saladino
o 1.3 Caída del reino de Jerusalén
* 2 Preparativos
* 3 La cruzada de Barbarroja
* 4 Partida de Ricardo Corazón de León
* 5 Batalla de Acre
* 6 Batalla de Arsuf
* 7 Final de la cruzada
* 8 Consecuencias
* 9 Fuentes
[editar] Precedentes
[editar] Unificación musulmana
Tras el fracaso de la Segunda Cruzada, Nur ad-Din se hizo con el control de Damasco y unificó Siria. Con la finalidad de extender su poder, Nur ad-Din puso los ojos en la dinastía fatimí de Egipto. En 1163, su general de más confianza, Shirkuh, emprendió una expedición militar hacia el Nilo. Acompañaba al general su joven sobrino, Saladino.
Cuando las tropas de Shirkuh acamparon frente a El Cairo, el sultán de Egipto, Shawar pidió ayuda al rey Amalarico I de Jerusalén. En respuesta, Amalarico envió un ejército a Egipto y atacó las tropas de Shirkuh en Bilbeis, en 1164.
En un intento de apartar de Egipto la atención de los cruzados, Nur ad-Din atacó Antioquía, lo que tuvo como resultado una masacre de soldados cristianos y la captura de varios dirigentes cruzados, entre ellos Reinaldo de Châtillon, príncipe de Antioquía. Nur ad-Din envió las cabelleras de los defensores cristianos a Egipto para que Shirkuh las expusiera en Bilbeis a la vista de los hombres de Amalarico. Esto hizo que tanto Amalarico como Shirkuh sacasen sus tropas de Egipto.
En 1167, Nur ad-Din envió de nuevo a Shirkuh a conquistar a los fatimíes. Shawar optó de nuevo por pedir ayuda a Amalarico para defender su territorio. Las fuerzas combinadas de egipcios y cristianos persiguieron a Shirkuh hasta que se retiró a Alejandría.
Saladino, según un códice árabe del siglo XII.
[editar] Conquistas de Saladino
Shawar fue ejecutado por sus traicioneras alianzas con los cristianos y fue sucedido por Shirkuh como visir de Egipto. En 1169, Shirkuh murió inesperadamente tras sólo unas semanas en el poder. El sucesor de Shirkuh fue su sobrino, Salah ad-Din Yusuf, más conocido como Saladino. Nur ad-Din murió en 1174, dejando el nuevo imperio a su hijo de once años, As-Salih. Se decidió que el único hombre capaz de conducir la yihad contra los cruzados era Saladino, que se convirtió en sultán tanto de Egipto como de Siria, y fundó la dinastía ayyubí.
Amalarico murió también en 1174, y fue sucedido como rey de Jerusalén por su hijo de trece años, Balduino IV, quien firmó un acuerdo con Saladino para permitir el libre comercio entre los territorios musulmanes y cristianos.
En 1176, Reinaldo de Châtillon fue liberado de su prisión, y comenzó a atacar caravanas por toda la región. Extendió su piratería hasta el Mar Muerto, enviando sus galeras no sólo a abordar barcos, sino incluso a asaltar la misma ciudad de La Meca. Sus actos irritaron profundamente a los musulmanes, convirtiendo a Reinaldo en el hombre más odiado del Oriente Próximo.
Balduino IV murió en 1185, y la corona pasó a su sobrino de cinco años, Balduino V, con Raimundo III de Trípoli como regente. Al año siguiente, Balduino falleció repentinamente, y la princesa Sibila, hermana de Balduino IV y madre de Balduino V, se hizo coronar reina, y a su marido, Guy de Lusignan, rey.
Por entonces, Reinaldo, una vez más, atacó una rica caravana, y encerró en su prisión a los viajeros. Saladino exigió que los prisioneros fuesen liberados. El recientemente coronado rey Guy ordenó a Reinaldo que cumpliese las demandas de Saladino, pero Reinaldo rehusó obedecer las órdenes del rey.
[editar] Caída del reino de Jerusalén
Fue este último ultraje de Reinaldo el que decidió a Saladino a atacar la ciudad de Tiberiades, en 1187. Raimundo aconsejó paciencia, pero el rey Guy, aconsejado por Reinaldo, llevó sus tropas a los Cuernos de Hattin, en las cercanías de Tiberiades.
El ejército cruzado, sediento y desmoralizado, fue masacrado en la batalla que siguió, el rey Guy y Reinaldo fueron llevados a la tienda de Saladino, donde se le ofreció a Guy una copa de agua. Guy bebió un trago, pero no le fue permitido pasar la copa a Reinaldo, ya que las reglas musulmanas de la hospitalidad determinan que quien recibe alimento o bebida está bajo la protección de su anfitrión. Saladino no quiso obligarse a proteger al traicionero Reinaldo permitiéndole beber. Reinaldo, que no había probado una gota de agua en varios días, arrebató la copa de manos de Guy. Al ver la falta de respeto de Reinaldo por las costumbres árabes, Saladino ordenó decapitar a Reinaldo por sus pasadas traiciones. Con respecto a Guy, Saladino hizo honor a sus tradiciones: Guy fue enviado a Damasco y finalmente liberado, siendo uno de los pocos cruzados cautivos que escaparon a la ejecución.
Al final del año, Saladino había conquistado Acre y Jerusalén. El Papa Urbano III, según se dice, sufrió un colapso al oír la noticia, y murió poco después.
[editar] Preparativos
El nuevo Papa, Gregorio VIII proclamó que la pérdida de Jerusalén era un castigo divino por los pecados de los cristianos de Europa. Surgió un clamor por una nueva cruzada para reconquistar los Santos Lugares. Enrique II de Inglaterra y Felipe II Augusto de Francia acordaron una tregua en la guerra que les enfrentaba, e impusieron a sus respectivos súbditos un "diezmo de Saladino" para financiar la cruzada. En Gran Bretaña, Balduino de Exeter, arzobispo de Canterbury, viajó a Gales, donde convenció a 3.000 guerreros de que tomaran la cruz, según el Itinerario de Giraldus Cambrensis.
"Muerte de Federico de Alemania" por Gustave Doré.
[editar] La cruzada de Barbarroja
El anciano emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I Barbarroja, respondió inmediatamente a la llamada. Tomó la cruz en la Catedral de Mainz el 27 de marzo de 1188 y fue el primer rey en partir hacia Tierra Santa, en mayo de 1189. Federico había reunido un ejército tan numeroso que no pudo ser transportado por el Mar Mediterráneo, y tuvo que atravesar a pie Asia Menor (según cronistas medievales eran hasta 100.000 germanos). Por otra parte, junto con los ejércitos de Barbaroja, también avanzaron hacia bizancio alrededor de 2.000 soldados húngaros bajo el comando del príncipe Géza, hermano menor del rey Bela III de Hungría. Ésta fue la primera participación activa de los húngaros en las guerras cruzadas (posteriormente el rey Andrés II de Hungría conduciría en la Quinta Cruzada el ejército más grande de toda la historia de las cruzadas).
El emperador bizantino Isaac II Ángelo firmó una alianza secreta con Saladino para impedir el avance de Federico a cambio de la seguridad de su imperio. El 18 de mayo de 1190, el ejército alemán capturó Konya, capital del Sultanato de Rüm. Sin embargo, el 10 de junio de ese mismo año, al atravesar el río Saleph, Federico cayó de su caballo y se ahogó por la pesada armadura. Su hijo Federico VI llevó a su ejército a Antioquía, y dio sepultura a su padre en la iglesia de San Pedro de dicha ciudad. En Antioquía, muchos de los supervivientes del ejército alemán murieron de peste bubónica.
También se cree que después de la muerte de Barbarroja, muchos soldados del ejército alemán se suicidaron por la muerte del poderoso emperador, o que también, tal vez se convirtieron y se unieron con Saladino, pero es poco probable, ya que Saladino seguramente los habría hecho prisioneros.
En teoría, si Barbarroja hubiese llegado con vida a luchar con Saladino, habría sido menor el tiempo de batalla, y más altas las probabilidades de que Tierra santa volviera a pertenecer a los europeos.
[editar] Partida de Ricardo Corazón de León
Enrique II de Inglaterra murió el 6 de julio de 1189, tras ser derrotado por su hijo Ricardo y el rey de Francia, Felipe II Augusto. Ricardo I (más conocido por su sobrenombre "Corazón de León") heredó la corona y de inmediato comenzó a recaudar fondos para la cruzada. En julio de 1190, Ricardo partió por tierra desde Marsella en dirección a Sicilia. Felipe II Augusto, que viajó por mar, llegó a Mesina, capital del reino de Sicilia, el 14 de septiembre
Guillermo II de Sicilia había muerto el año anterior, y le había sucedido Tancredo, quien mandó recluir a Juana Plantagenet, viuda de Guillermo y hermana de Ricardo de Inglaterra y proyectaba quedarse con el generoso legado que Guillermo II había hecho a su suegro, Enrique II de Inglaterra. El rey inglés conquistó y saqueó la capital del reino, Mesina, el 4 de octubre de 1190. Tancredo le ofreció una importante compensación económica a cambio de que depusiera las armas. Ricardo y Felipe pasaron el invierno en Sicilia: Felipe zarpó el 30 de marzo y Ricardo el 10 de abril de 1191.
La flota francesa llegó sin contratiempos a Tiro, donde Felipe fue recibido por su primo, Conrado de Montferrato. La armada de Ricardo, en cambio, fue sorprendida por una violenta tormenta poco después de zarpar de Sicilia. Uno de sus barcos, en el que se transportaban grandes riquezas, se perdió en la tormenta, y otros tres -entre ellos en el que viajaban Juana y Berenguela de Navarra, prometida del rey-, debieron desviarse a Chipre. Pronto se supo que el emperador de Chipre Isaac Ducas Comneno se había incautado de las riquezas que el barco transportaba. Ricardo llegó a Limassol el 6 de mayo de 1191 y se entrevistó con Isaac, quien accedió a devolverle sus pertenencias y enviar a 500 de sus soldados a Tierra Santa. De regreso en su fortaleza de Famagusta, Isaac rompió su juramento de hospitalidad y ordenó a Ricardo que abandonase la isla. La arrogancia de Isaac empujó a Ricardo a apoderarse de su reino, lo que logró en pocos días. A finales de mayo, toda la isla estaba en manos de Ricardo.
[editar] Batalla de Acre
El rey Guy había sido excarcelado por Saladino en 1189. Al recobrar su libertad, intentó tomar el mando de las fuerzas cristianas en Tiro, pero Conrado de Montferrato había tomado el poder tras su exitosa defensa de la ciudad frente a los musulmanes. Conrado había reunido un ejército para asediar la ciudad, contando con la ayuda del recién llegado ejército francés de Felipe II, aunque no era todavía lo suficientemente numeroso como para contrarrestar las fuerzas de Saladino.
Ricardo desembarcó en Acre el 8 de junio de 1191, e inmediatamente comenzó a supervisar la construcción de armas de asedio para asaltar Acre, que fue capturada el 12 de julio.
Ricardo, Felipe y Leopoldo V, quien dirigía lo que quedaba del ejército de Federico Barbarroja, iniciaron una disputa sobre el botín de la recién conquistada ciudad. Leopoldo consideraba que merecía una parte semejante en el reparto por sus esfuerzos en la batalla, pero Ricardo quitó de la ciudad el estandarte alemán, que arrojó al foso. Entretanto, Ricardo y Felipe discutían sobre qué candidato tenía más derechos al trono de Acre. Ricardo defendía la candidatura de Guy, mientras que Felipe era partidario de Conrado. Se decidió que Guy continuaría reinando, pero que Conrado le heredaría a su muerte.
Molestos con Ricardo, Felipe y Leopoldo dejaron la ciudad con sus tropas en agosto de ese año. Felipe regresó a Francia, lo cual fue considerado por los ingleses una deserción. Ricardo negoció con Saladino el rescate de miles de musulmanes que habían caído prisioneros. Como parecía que Saladino no estaba dispuesto a aportar la suma convenida, Ricardo ordenó que unos 3.000 prisioneros fueran degollados frente a la ciudad de Acre, a la vista del campamento de Saladino.
[editar] Batalla de Arsuf
Tras la conquista de Acre, Ricardo decidió marchar contra la ciudad de Jaffa, desde donde podría lanzar un ataque contra Jerusalén. El 7 de septiembre de 1191, en Arsuf, unos 45 km al norte de Jaffa, Saladino atacó al ejército de Ricardo.
Saladino intentó atraer a las fuerzas de Ricardo para acabar con ellas, pero Ricardo mantuvo su formación hasta que los Caballeros Hospitalarios se apresuraron a atacar el flanco derecho de Saladino, mientras que los Templarios atacaban el izquierdo. Ricardo ganó la batalla y acabó con el mito de que Saladino era invencible.
[editar] Final de la cruzada
Tras su victoria, Ricardo se apoderó de la ciudad de Jaffa, donde estableció su cuartel general. Ofreció a Saladino iniciar la negociación de un tratado de paz. El sultán envió a su hermano, al-Adil, llamado Saphadin, a entrevistarse con Ricardo. Las dos partes no fueron capaces de llegar a un acuerdo, y Ricardo marchó hacia Ascalón. Llamó en su ayuda a Conrado de Montferrato, quien rehusó seguirle, reprochándole haber tomado partido por Guy de Lusignan. Poco después, Conrado fue asesinado en las calles de Acre por dos Asesinos enviados por el Viejo de la Montaña, líder de una secta islámica, los nizaríes, con sede en las montañas del norte de Irán, en la fortaleza de Alamut, según algunos por orden de Ricardo, según otros por mandato de Saladino, según otros por iniciativa del propio Viejo. Guy de Lusignan se convirtió en rey de Chipre, y Enrique II de Champaña pasó a ser el nuevo rey de Jerusalén.
En julio de 1192, Saladino lanzó un repentino ataque contra Jaffa y recuperó la ciudad, pero muy pocos días después volvió a ser conquistada por Ricardo. El 5 de agosto se libró una batalla entre Ricardo y Saladino, en la que el rey inglés, a pesar de su marcada inferioridad numérica, resultó vencedor. El 2 de septiembre, los dos monarcas firmaron un tratado de paz según el cual Jerusalén permanecería bajo control musulmán, pero se concedía a los cristianos el derecho de peregrinar libremente a Jerusalén. Ricardo abandonó Tierra Santa el 9 de octubre, después de haber combatido allí durante dieciséis meses.
[editar] Consecuencias
Al pasar por una posada cercana a Viena, en su viaje de regreso a Inglaterra, Ricardo fue hecho prisionero por orden del duque Leopoldo de Austria, cuyo estandarte Ricardo había arrojado al foso en Acre. Más tarde pasó a poder del emperador Enrique VI, que lo tuvo cautivo durante un año, y no lo puso en libertad hasta marzo de 1194, previo pago de la enorme suma de 150.000 marcos. El resto de su reinado lo pasó guerreando contra Francia, y murió a consecuencia de una herida de flecha en el Lemosín, en 1199, a la edad de 42 años.
Saladino murió poco después de la partida de Ricardo, el 3 de marzo de 1193, teniendo como única posesión una moneda de oro y 47 de plata, pues había repartido el resto de su patrimonio entre sus súbditos.
El fracaso de la Tercera Cruzada provocó que se predicase la Cuarta, que se desvió hasta Constantinopla.
Crónicas de los hechos de la Tercera Cruzada fueron escritas por Ambrosio el poeta y Giraldus Cambrensis
CUARTA CRUZADA
Cuarta Cruzada La Cuarta Cruzada (1202–1204) fue una expedición militar organizada como una cruzada para reconquistar Tierra Santa, pero que varió su rumbo, terminando con la conquista y el saqueo de Constantinopla, capital del Imperio bizantino, que se llamaba entonces, como "Imperio Romaniae". Contenido [ocultar] * 1 Antecedentes * 2 Preparativos * 3 Toma de Zara * 4 Los cruzados en Constantinopla * 5 Conquista de la ciudad * 6 Notas * 7 Bibliografía * 8 Enlaces externos [editar] Antecedentes La Tercera Cruzada no había logrado su objetivo de recuperar Jerusalén, que continuaba bajo dominio musulmán. El tratado que Ricardo «Corazón de León» y Saladino habían firmado en 1192 dejaba en poder de los cristianos tan sólo una estrecha franja costera desde Tiro hasta Jaffa, aunque aseguraba la seguridad de los peregrinos cristianos que viajasen a Jerusalén. El Papa Inocencio III, deseoso de establecer la autoridad de la Santa Sede en todo el orbe cristiano, tenía un gran interés por los asuntos de los estados cristianos de Oriente. Por otro lado, en la última década del siglo XII había ido intensificándose la rivalidad entre Enrique VI de Alemania y el emperador bizantino Isaac II Ángelo. La anterior expedición alemana, guiada por Federico I Barbarroja, se había deshecho a causa de la muerte del emperador. Enrique, su hijo y sucesor, exigía de Bizancio la entrega de la región de los Balcanes y el pago de los daños sufridos por la expedición de Barbarroja. Su política en Oriente, aceptando los juramentos de vasallaje de los reyes de Armenia y de Chipre, era de deliberada hostilidad contra Bizancio. Es posible que Enrique tuviera ya en mente la posibilidad de dirigir una nueva cruzada contra Constantinopla. Sin embargo, falleció en 1197, en Messina, a la edad de 32 años. Su sucesor en el trono alemán, Felipe de Suabia, tenía además intereses personales en Bizancio, ya que estaba casado con Irene Angelina, hija del emperador Isaac II Ángelo, que fue depuesto en 1195 por su hermano. La ciudad-estado de Venecia, principal potencia marítima en el Mediterráneo oriental, tenía fuertes intereses comerciales en los territorios bizantinos, y muy especialmente en la capital, Constantinopla. Desde finales del siglo XII gozaban de privilegios especiales para comerciar en el Imperio Bizantino, pero en 1171 el emperador Manuel I Comneno ordenó la detención de los comerciantes venecianos y la confiscación de sus bienes, lo cual provocó una suspensión de la actividad comercial entre Venecia y Bizancio que se prolongó por espacio de quince años. En 1185, Venecia acordó la reanudación de las relaciones comerciales con el emperador Andrónico I Comneno, así como el pago de una cantidad económica en concepto de compensación por las propiedades confiscadas en 1171, que nunca llegó a hacerse efectivo. Bizancio, además, explotaba en beneficio propio la rivalidad comercial de Venecia con otras ciudades-estado italianas, como Génova y Pisa. El objetivo de Venecia, por lo tanto, era asegurarse la supremacía comercial en Oriente, desplazando definitivamente a sus rivales. [editar] Preparativos En 1198, el nuevo Papa, Inocencio III comenzó a predicar una nueva cruzada. Su llamada, sin embargo, tuvo poco éxito entre los monarcas europeos. Los alemanes estaban enfrentados al poder papal, en tanto que Francia e Inglaterra se encontraban combatiendo la una contra la otra. Sin embargo, gracias a las encendidas prédicas de Fulco de Neuilly, se organizó finalmente un ejército cruzado en un torneo organizado en Ecri por el conde Tibaldo de Champaña en noviembre de 1199. Teobaldo fue nombrado jefe de este ejército, del que también formaban parte Balduino IX de Henao, conde de Flandes, y su hermano Enrique; Luis, conde de Blois, Godofredo III de La Perche, Simón IV de Montfort, Enguerrando de Boves, Reinaldo de Dampierre y Godofredo de Villehardouin, entre otros muchos señores del norte de Francia y de los Países Bajos. Más tarde se añadieron a la empresa algunos caballeros alemanes y varios nobles del norte de Italia, como Bonifacio, marqués de Monferrato. La expedición se encontró con el problema de transporte, pues carecía de una flota para trasladarse a Oriente y la ruta terrestre era poco menos que imposible a causa de la decadencia del poder bizantino en los Balcanes. Se decidió que se haría un desembarco en Egipto, desde donde se avanzaría por tierra hasta Jerusalén. En 1201 murió Tibaldo de Champaña, y los cruzados eligieron como nuevo jefe de la expedición a Bonifacio de Monferrato. Éste, firme partidario de los Hohenstaufen, conoció en la corte de Felipe de Suabia a Alejo, hijo del depuesto emperador Isaac II Ángelo, quien deseaba contar con la ayuda de los cruzados para recuperar el trono imperial, que le correspondía por herencia. Entretanto, los cruzados enviaron mensajeros a Venecia, Génova y otras ciudades para contratar el transporte de la expedición. Uno de los enviados fue el historiador Godofredo de Villehardouin. Finalmente se llegó a un acuerdo con Venecia, en abril de 1201, por el cual la República se obligaba a hacerse cargo del transporte hasta Egipto de un ejército de 33.500 cruzados (junto con 4.500 caballos), a cambio de 85.000 marcos de plata. Cuando llegó el momento de embarcar, en junio de 1202, los cruzados, cuyo ejército era sensiblemente menos numeroso de lo que habían previsto, no pudieron reunir la cantidad acordada. Venecia se negó a transportar al ejército a menos que se pagase íntegra la cantidad acordada. Los cruzados pasaron el verano acampados en la isla de San Nicolás de Lido, sin poder zarpar, hasta que finalmente Bonifacio de Monferrato pudo llegar a un acuerdo con Venecia. [editar] Toma de Zara Los venecianos estaban enfrentados con el rey de Emérico de Hungría por la posesión de Dalmacia. El reino húngaro había heredado en 1091 los territorios de Croacia y Dalmacia tras la muerte del rey Dmitar Zvonimir de Croacia, ya que la reina viuda Helena de Hungría, llamó a su hermano el rey San Ladislao I de Hungría, a quien le otorgó dichas regiones. Considerandolo un punto estratégico, la Republica de Venecia siempre intentó extender sus influencias sobre esa región. Sin embargo Zara fue una ciudad debatida que pasó de unas manos a otras en un periodo relativamente corto. En el curso de esta guerra, habían perdido recientemente a manos húngaras la ciudad de Zara. Su propuesta fue permitir el aplazamiento del pago de la cantidad que se les adeudaba a cambio de que los cruzados les ayudasen a conquistar esta ciudad. Bonifacio de Monferrato y el dux Enrico Dandolo se pusieron de acuerdo. A pesar del desagrado del Papa, que desautorizó esta expedición, la flota zarpó de Venecia el 8 de noviembre de 1202, y, dos días después, los cruzados atacaban Zara, que fue conquistada el día 15 del mismo mes. El Papa optó por excomulgar a todos los expedicionarios, aunque más adelante rectificó y perdonó a los cruzados, manteniendo la excomunión sólo para los venecianos. Mientras el ejército cruzado invernaba en Zara, llegó un mensajero de Felipe de Suabia, portador de una oferta del pretendiente al trono bizantino, Alejo. Si el ejército cruzado se desviaba hasta Constantinopla y le ayudaba a reconquistar su trono, Alejo no sólo estaba dispuesto a garantizar el pago de la deuda que los cruzados habían contraído con Venecia, sino que además se comprometía a aportar a la cruzada un contingente de 10.000 soldados, así como fondos y provisiones para emprender la conquista de Egipto. Tanto Monferrato como Dandolo aceptaron el cambio de planes. Algunos cruzados se opusieron, arguyendo que si habían emprendido la cruzada era para luchar contra los musulmanes: abandonaron el ejército y se embarcaron hacia Siria. La mayoría, sin embargo, optó por continuar. En abril llegó Alejo a Zara, y pocos días después la flota emprendió de nuevo el viaje. El 24 de junio de 1203 el ejército cruzado se encontraba ante Constantinopla. [editar] Los cruzados en Constantinopla Tras atacar sin éxito las ciudades de Calcedonia y Crisópolis, en la costa asiática del Bósforo, el ejército cruzado desembarcó en Gálata, al otro lado del Cuerno de Oro. Sus primeros intentos de conquistar Constantinopla no tuvieron fruto, pero el 17 de julio los venecianos lograron abrir una brecha en las murallas. Creyendo inminente la caída de la ciudad, el emperador Alejo III decidió huir, llevándose consigo a su hija favorita y una bolsa llena de piedras preciosas, y refugiarse en la ciudad tracia de Mosynópolis. Los dignatarios imperiales, para resolver la situación, sacaron de la cárcel al depuesto emperador Isaac II Ángelo, padre de Alejo y lo restauraron en el trono. Tras unos días de negociaciones, llegaron a un acuerdo con los cruzados por el cual Isaac y Alejo serían nombrados co-emperadores. Alejo IV fue coronado el 1 de agosto de 1203 en la iglesia de Santa Sofía. Para intentar cumplir las promesas que había hecho a venecianos y cruzados, Alejo se vio obligado a establecer nuevos impuestos. Se había comprometido también a conseguir que el clero ortodoxo aceptase la supremacía de Roma y adoptase el rito latino, pero se encontró con una fuerte resistencia. Confiscó algunos objetos eclesiásticos de plata para pagar a los venecianos, pero no era suficiente. Durante el resto del año 1203, la situación fue volviéndose más y más tensa: por un lado, los cruzados estaban impacientes por ver cumplidas las promesas de Alejo; por otro, sus súbditos estaban cada vez más descontentos con el nuevo emperador. A esto se unían los frecuentes enfrentamientos callejeros entre cruzados y bizantinos. El yerno de Alejo III, también llamado Alejo, se convirtió en el líder de los descontentos, y organizó, en enero de 1204, un tumulto que no tuvo consecuencias. En febrero, los cruzados dieron un ultimátum a Alejo IV, quien se confesó impotente para cumplir sus promesas. Estalló una sublevación que, tras algunas vicisitudes, entronizó a Alejo V Ducas. Alejo IV fue estrangulado en una mazmorra, y su padre Isaac II murió poco después en prisión. [editar] Conquista de la ciudad Los cruzados entran en Constantinopla, por Delacroix En marzo, los cruzados deliberaron sobre lo que convenía hacer. Decididos a recuperar la ciudad por la fuerza y a colocar en el trono a un emperador latino, no lograban sin embargo ponerse de acuerdo acerca de quién sería el mejor candidato de entre ellos a ocupar el trono imperial. Bonifacio, el jefe de la expedición, no estaba bien visto por los venecianos. Finalmente se decidió que se formaría un comité electoral, compuesto de seis delegados francos y seis venecianos, que elegiría al emperador. Atacaron por primera vez la ciudad el 6 de abril de 1204, pero fueron rechazados con un gran número de bajas. Seis días después reiniciaron el ataque. Los cruzados consiguieron abrir una brecha en la muralla en el barrio de Blanquerna. Al mismo tiempo, se produjo un incendio en la ciudad, y la defensa bizantina se desmoronó. Los cruzados y los venecianos entraron en la ciudad. Alejo V huyó a Mosynópolis, donde un año antes se había refugiado su suegro, Alejo III. Los nobles ofrecieron la corona a Teodoro Láscaris, yerno también de Alejo III, pero éste la rechazó y huyó a Asia con su familia, el patriarca de Constantinopla y varios miembros de la nobleza bizantina. Se estableció en Nicea, donde fundó el Imperio de Nicea, depositario de la legitimidad bizantina. La ciudad fue saqueada durante varios días. Los cronistas se hacen eco de las atrocidades perpetradas por los conquistadores. Del saqueo no se libraron las iglesias ni los monasterios, y en la misma Santa Sofía fueron destruidos el iconostasio de plata y varios libros y objetos de culto. Según relata Nicetas Coniates: Destrozaron las santas imágenes y arrojaron las sagradas reliquias de los mártires a lugares que me avergüenza mencionar, esparciendo por doquier el cuerpo y la sangre del Salvador [...] En cuanto a la profanación de la Gran Iglesia, destruyeron el altar mayor y repartieron los trozos entre ellos [...] E introdujeron caballos y mulas a la iglesia para poder llevarse mejor los recipientes sagrados, el púlpito, las puertas y todo el mobiliario que encontraban; y cuando algunas de estas bestias se resbalaban y caían, las atravesaban con sus espadas, ensuciando la iglesia con su sangre y excrementos. Una vulgar ramera fue entronizada en la silla del patriarca para lanzar insultos a Jesucristo y cantaba canciones obscenas y bailaba inmodestamente en el lugar sagrado [...] tampoco mostraron misericordia con las matronas virtuosas, las doncellas inocentes e incluso las vírgenes consagradas a Dios.[1] Finalmente, se restableció el orden y se procedió a un reparto ordenado del botín según lo que se había pactado previamente: tres octavas partes para los cruzados, otras tres octavas para los venecianos, y un cuarto para el futuro emperador. A pesar de las pretensiones de Bonifacio de Montferrato, el comité eligió emperador a Balduino IX de Flandes, primer monarca del Imperio Latino. Los cruzados nombrado este evento como "Partitio terrarum imperii Romanie" (partición del Imperio Romano de Orient
QUINTA CRUZADA
Quinta Cruzada
Rey Andrés II de Hungría
La Quinta Cruzada (1217–1221) fue un intento de retomar Jerusalén y el resto de Tierra Santa derrotando en primer lugar al poderoso estado Ayubí de Egipto. Los ejércitos cruzados estaban compuestos por las enormes fuerzas militares del rey Andrés II de Hungría (1175 - 1235) y por los batallones del príncipe austríaco Leopoldo IV de Austria (1176 – 1230).
Contenido
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* 1 Antecedentes
* 2 Preparativos
* 3 Campaña
* 4 Resultado
* 5 Bibliografía
[editar] Antecedentes
Hungarian Crusader Knight
A consecuencia de varias guerras entre el Reino de Hungría y el Imperio Bizantino, el trato final de paz establecido incluyó que el joven principe Béla, el hermano menor del rey Esteban III de Hungría se criase en al corte del emperador Manuel I Comneno. Educado en Bizancio, el jóven príncipe regresó a Hungría tras la muerte de su hermano mayor para ocupar el trono como Béla III de Hungría en el 1173. El rey húngaro recibió a los ejércitos del emperador Federico I Barbarroja en 1188 que viajaban a la Tercera Cruzada, y posteriormente Bela III realizó una solemne promesa cerca de 1195 que él mismo viajaría a Tierra Santa a luchar contra los infieles. Sin embargo, el rey falleció sin cumplir su promesa, ante lo cual su hijo menor Andrés, decidió tomar la cruz en nombre de su padre. Pero desde luego las intenciones de Andrés II de Hungría estaban claras, pues había tomado como esposa en 1215 a Yolanda de Courtenay, hija del emperador Pedro II de Courtenay del Imperio Latino, el Estado Cruzado establecido en Constantinopla después de la desastrosa Cuarta Cruzada. Movilizando un gran contingente armado, y generando un par de victorias, Andrés tenía la esperanza de hacer valer sus derechos a través de su esposa sobre el trono del Imperio Latino, de esta manera, por esta y muchas otras causas más en 1218 el rey húngaro comenzó a prepararse para la cruzada.
El 11 de febrero de 1217 el Papa Honorio III sancionó la protección legal para los cruzados y bendijo la empresa que planificaba Andrés, que coincidía muy oportunamente con el vencimiento del pacto de paz de cinco años que había firmado el rey Juan de Brienne de Jerusalén con el sultán al-Ádil.
[editar] Preparativos
El rey Andrés II escogió la ruta por mar para accesar a la Tierra Santa, aunque por sus planes relacionados con Bizancio consideró por un tiempo una ruta por vía terrestre. La movilización real dentro del reino húngaro al inicio de la cruzada es bien conocida: el rey primero estuvo en la ciudad de Székesfehérvár, desde donde avanzó con sus fuerzas hasta Zagreb, terminando en Split, donde fue recibido por toda la ciudad y los dignatarios de más alto rango con toda la pompa respectiva. Se ofició una majestuosa misa en el antiguo Mausoleo del emperador Dioclesiano, recinto adaptado para convertirlo en la Catedral de San Domnius.
Andrés II había pedido créditos a grandes Casas comerciales de Italia para financiar su empresa cruzada, e igualmente también sacrificó la propia ciudad de Zara que había sido ocupada por los ejércitos venecianos de la Cuarta Cruzada, sediendola a los italianos para transportar a sus soldados en sus barcos. Se sabe que Andrés II también llevó muchos articulos y joyas de gran valor que venidó para cubrir los gastos cruzados, como por ejemplo la corona de la primera reina consorte húngara Gisela de Baviera (984 – 1059), (esposa del rey San Esteban I de Hungría), la cual vendió en Tierra Santa por 140 marcas de plata. La cantidad de soldados que se lograron reunir en las huestes húngaras es aún un tema debatido, pero se estima que rondaba cerca de los 30 mil hombres, lo que rebasaría a todos las fuerzas cristianas cruzadas antes enviadas a Tierra Santa.
[editar] Campaña
Arribo del rey Juan de Brienne de Jerusalén a la ciudad del Acre
El rey húngaro había coordinado la empresa con el Duque Leopoldo VI de Austria, y esperaba ensamblar una fuerza combinada con los dos ejércitos como jamás se había visto. Los primeros ejércitos cruzados occidentales partieron desde el puerto de la ciudad de Vlaardingen el 27 de mayo de 1217 en 300 barcos hacia Oriente. Sin embargo a pesar de la prontitud arribaron mucho después que los húngaros austríacos a la Tierra Santa, puesto que hicieron escala en Santiago de Compostela, y una parte de ellos se involucró en la guerra de reconquista portuguesa contra los musulmanes en la peninsula ibérica.
Las fuerzas húngaras y austríacas se habían agrupado en Split, desde donde primero partieron los germánicos y tras 16 días de viaje arribaron a la ciudad del Acre. Los húngaros partieron después y arribaron cerca de octubre, lo cual significa que el plan de Andrés II en Chipre había sido descartado por falta de tiempo y habían decidido continuar hacia oriente. Ya en el Acre fueron recibidos por Raúl de Merencourt, el patriarca latino de Jerusalén. El primer consejo de guerra se reunió en la tienda real de Andrés II y contó con la presencia de Leopoldo VI, Hugo I de Chipre, príncipe Bohemundo IV de Antioquía, para los tres maestres de la Orden Teutónica y el rey Juan de Jerusalén (quien cobrará un papel indiscutiblemente protagónico en la Quinta Cruzada opacando a Andrés II que terminará eventualmente abandonado la empresa para volver a Europa a resolver serios conflictos internos en su reino). El objetivo era como el de las anteriores cruzadas el rescatar las tierras de manos de los musulmanes, ene sta oportunidad combatiendo a los Ayubitas en Siria.
Los ejércitos cruzados se diriguieron al Sur hacia la cadena montañosa junto al Acre y fijaron un campamento en las afueras de Riccardana, pues las primeras expediciones partieron en busca de provisiones para mantener el enorme ejército. El 3 de noviembre el patriarca latino Raúl y el obispo Jacobo Vitry del Acre se presentaron en persona frente al rey húngaro y el duque austríaco trayendo con ellos un pedazo de la Vera Cruz la cual se había perdido después de la Batalla de los Cuernos de Hattin en 1187. Ambos monarcas caminaron descalzos hasta la santa reliquia y se arrodillaron ante ella besandola en señal de adoración.
Al-Muazzam, hijo del sultán al-Ádil vigilaba a los cruzados desde cerca, sin embargo su padre no le permitió atacarlos, quizás porque sobreestimaban a las fuerzas cristianas. El 4 de noviembre las fuerzas cristianas avanzaron para explorar las cercanías del castillo sobre el Monte Tabor y el 10 de noviembre ya habían cruzado el Mar de Galilea cubriendo las orillas nortes del Río Jordán en varias direcciones. Posteriormente cruzaron por el vado de Jacobo comenzaron su trayecto de regreso hacia el Acre. Mientras avanzaban las crónicas registraron la toma de varios asentamientos y el apropiamiento de enormes botines,conjugado con la visita de lugares santos como Cafarnaúm y un baño en el Jordán, cumpliendo así los lideres sus promesas cruzadas.
En 1218 llegó un nuevo ejército al mando de Oliver de Colonia, que junto con Leopoldo IV y Juan de Brienne, decidió atacar finalmente el puerto egipcio de Damieta. El sitio fue largo y duro, y costó la vida de muchos cruzados y musulmanes, entre ellos el propio Sultán al-Adel, pero finalmente se logró tomar la plaza en 1219. Acto seguido, comenzaron las disputas entre los cristianos por el control de la ciudad. Estas disputas y la falta de ayuda por parte del emperador alemán, retrasaron la continuación de la campaña hasta 1221, año en que los cruzados marchan al sur hacia El Cairo. Para entonces, el nuevo Sultán al-Kamil había reorganizado sus fuerzas, lo que, unido a las inundaciones del Nilo que diezmaron al ejército cruzado en su marcha hacia el Sur, acabó con la definitiva derrota cristiana y su posterior rendición.
SEXTA CRUZADA
Sexta Cruzada
Encuentro entre al-Kamil y Federico II.
La Sexta Cruzada comenzó en 1228, tan sólo siete años después del fracaso de la Quinta Cruzada, y fue un nuevo intento de recuperar Jerusalén.
El emperador Federico II había intervenido en la Quinta Cruzada, enviando tropas alemanas, pero sin llegar a liderarlas personalmente, pues necesitaba consolidar su posición en Alemania e Italia antes de embarcarse en una aventura como la Cruzada. No obstante, prometió tomar la cruz después de su coronación como emperador en 1220 por el Papa Honorio III.
En 1225 Federico se casó con Yolanda de Jerusalén (también llamada Isabela), hija de Juan de Brienne (regidor nominal del Reino de Jerusalén) y María de Montferrato, por lo tanto Federico tenía aspiraciones al trono de dicho reino, o lo que es lo mismo, tenía una razón poderosa para intentar recuperar Jerusalén. En 1227, siendo ya Papa Gregorio IX, Federico y su ejército partieron de Brindisi hacia Siria, pero una epidemia les obligó a volver a Italia. Esto le dio a Gregorio la excusa para excomulgar, por romper sus votos de cruzado, a Federico, que llevaba años luchando por consolidar el poder imperial en Italia a expensas del Papado. Tras varios intentos de negociación con el Papa, Federico decidió embarcarse nuevamente hacia Siria en 1228 a pesar de la excomunión, llegando a Acre en septiembre. Una vez allí pronto se vio atrapado por la complicada política del Oriente Próximo. Por un lado entre los propios cristianos muchos veían en esta nueva Cruzada un intento de extender el poder imperial. Se produjo por tanto en Tierra Santa una continuación de la lucha mantenida en Europa entre los defensores del Papado (güelfos), y los del Imperio (gibelinos). Del otro lado, los musulmanes tenían sus propias luchas internas, por lo que el Sultán al-Kamil firmó un tratado con Federico para unirse contra su enemigo al-Naser. A cambio, el emperador podría obtener varios territorios, entre ellos Jerusalén exceptuando la Cúpula de la Roca, sagrada para el Islam, y una tregua de 10 años. A pesar de la oposición papal a este acuerdo, Federico se coronó Rey de Jerusalén, si bien legalmente actuaba como regente de su hijo Conrado IV de Alemania, nieto de Juan de Brienne.
La partida de Jerusalén de Federico, acosado por graves problemas en Europa y la expiración de la tregua en 1239 supondría el final de la breve recuperación de Jerusalén por parte de los cruzados. La Ciudad Santa, reconquistada por los musulmanes en 1244 no volvería a estar en manos de cristianos. No obstante, Federico había sentado un precedente: la Cruzada podía tener éxito aun sin apoyo papal. A partir de ese momento los reyes europeos podían, por iniciativa propia, tomar la Cruz, como hicieron Luis IX de Francia (Séptima y Octava Cruzadas) y Eduardo I de Inglaterra (Novena Cruzada)
SEPTIMA CRUZADA
Séptima Cruzada
Luis IX en la Séptima Cruzada
La Séptima Cruzada fue liderada por Luis IX de Francia entre 1248 y 1254. En 1244 los musulmanes retomaron Jerusalén tras la tregua de diez años que siguió a la Sexta Cruzada. Este hecho no supuso el gran impacto que en ocasiones anteriores, debido a que Occidente ya había visto como Jerusalén cambiaba de manos en diversas ocasiones. La llamada a la cruzada, por tanto, no fue inmediata ni generalizada. Los monarcas europeos estaban ocupados en sus asuntos internos, y sólo el rey de Francia, Luis IX (San Luis), declaró su intención de tomar la cruz en 1245: Luis IX asistió al Concilio Ecuménico latino de Lyon I, (convocado en 1245 y presidido por el Papa Inocencio IV); donde, además de deponer y excomulgar al emperador Federico II se convocó una cruzada (que sería la Séptima) y de la que se designó que estaría al mando de Luis IX.
En aquella época, Francia era posiblemente el estado más fuerte de Europa, y tras tres años recolectando fondos, un poderoso ejército, estimado en unos veinte mil hombres fuertemente armados, partió de los puertos de Marsella y Aigues-Mortes en 1248.
Fueron en primer lugar a Chipre, donde pasaron el invierno negociando con las distintas potencias locales. Finalmente, decidieron que su objetivo sería Egipto por considerar que sería una buena base desde la que atacar Jerusalén y aseguraría el suministro de grano para alimentar a los cruzados. Al igual que en la Quinta Cruzada, el ataque se centraría en primer lugar en la ciudad de Damietta, que ofreció poca resistencia a los europeos. No obstante, las inundaciones del Nilo volvieron a intervenir en contra de los occidentales, obligándoles a permanecer en la ciudad durante unos seis meses.
En noviembre, Luis marchó hacia El Cairo. En ésta época murió el sultán ayubí de Egipto, as-Salih Ayyub. Una fuerza liderada por Roberto I de Artois y los caballeros templarios atacaron el campamento egipcio, pero fueron derrotados y Roberto murió. Al mismo tiempo, la fuerza principal liderada por Luis era atacada, y también derrotada, por el general mameluco (esclavo) Baibars.
Tras un nuevo fracaso en el asedio de al-Mansourah, Luis decidió regresar a Damietta, pero fue tomado prisionero en el camino, y por si fuera poco, cayó enfermo de disentería. En mayo, tras el pago del rescate, fue liberado, e inmediatamente abandonó Egipto, dirigiéndose a Acre, capital del Reino de Jerusalén (o lo que quedaba de él). Mientras estaba allí, una revuelta en Egipto puso en el poder a una dinastía mameluca, iniciada en la persona de Turan shah.
En Acre, Luis se dedicó reconstruir las ciudades cruzadas y a pactar con los mamelucos e intentar hacerlo con los mongoles la nueva fuerza que había irrumpido con tremenda fuerza en el Oriente Medio.
En 1254 se agotaron los recursos económicos de Luis por lo cual abandono su causa; además se requería su presencia en Francia, pues su madre y regente Blanca de Castilla había muerto recientemente. Con el retorno del rey a sus tierras, la cruzada concluyó en un fracaso para los europeos, sin embargo el prestigió de Luis aumentó. Más tarde protagonizaría un nuevo intento de retomar Tierra Santa (Octava Cruzada) que acabaría también en fracaso.
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